de Jorge Búsico

Categoría: ENSAYOS (Página 1 de 3)

Releer

Quizá por ese deseo irrefrenable y a la vez estéril de leer todos los libros que tengo pendientes, nunca hice una pausa para volver a leer a aquellos libros o autores que me dejaron una huella. Siento, como me pasa con las películas -no así con la música-, que no me van a alcanzar los días para leer todo lo que quiero leer. Es una especie de carrera contra el tiempo que sé que no voy a ganar. Pero, terco, la sigo emprendiendo. Voy anotando o guardando en la memoria lo que me falta aún leer, y la pila en vez de achicarse, se va agrandando. Termino uno y se suman dos.

La pandemia y el encierro al que respeté me dieron algo más de tiempo. Pero tampoco alcanza. Lo que sí ocurrió es que, creo que por primera vez, me dediqué a releer. Tengo por delante dos proyectos que me entusiasman y que por momentos me devuelven la adrenalina de ir hacia lo desconocido. Y es probable que ello me haya llevado a sostenerme de lo ya conocido.

En estos días releí libros de tres maestros que me marcaron en mi oficio de periodista escrito: Gabriel García Márquez, Rodolfo Walsh y Truman Capote. Acabo de terminar el último que me había propuesto. Era lo que necesitaba. La montaña de los pendientes creció, pero no importa. Ya habrá tiempo. Ahora había que volver atrás para poder seguir.  Releyéndolos me reencontré

 

Hiroshima

Se están cumpliendo 75 años de uno de los actos más cobardes y horrendos que ha cometido la especie humana. Un 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica. Lo hizo sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, matando a más de 100 mil personas y dejando secuelas físicas y mentales a una cifra incalculablemente mayor. En septiembre del año pasado tuve la conmovedora experiencia de visitar Hiroshima y de recorrer su imponente Parque de la Paz, un lugar bello y prolijo como todo espacio verde en Japón, y que contiene, entre otros monumentos, dos especiales: la Cúpula de la Bomba Atómica,  que fue el Centro de la Exposición  Industrial  y cuyas paredes quedaron en pié, y el Museo Conmemorativo de la Paz, el edificio que guarda el registro de lo que pasó ese día a las 8.15 de la mañana.

Si el viaje a Japón me dejó un sabor a satisfacción que todavía conservo, la posibilidad de ir a Hiroshima es algo que agradeceré toda mi vida. Se los debo a mi profesión de periodista y al rugby, que me animaron, a los 61 años y con un largo recorrido encima, a trasladarme al Asia por primera vez, a volar durante más de un día y a trabajar con el horario cambiado. Fue una de las mejores decisiones que tomé. El Mundial, adonde fui para cubrir para La Nación y TNT las alternativas especialmente de los Pumas, me llevaba, al menos en la primera rueda, a Tokio y a Osaka, con varios huecos entre partido y partido, lo que nos permitía, al menos en esos primeros 20 días, recorrer varias ciudades de Japón a través del Japan-rail pass, un boleto que a cambio de unos 450 dólares por 15 días habilitaba a subirse a cualquier tren en cualquier horario y día. En el itinerario turístico, Hiroshima estaba primera en la lista. Escucho sobre ella desde que tengo uso de razón, pero, como siempre ocurre, todo lo que uno leyó, oyó o  vio durante tantos años cobra otra dimensión cuando se llega al lugar de los hechos.

La mejor alternativa que tenía para ir a Hiroshima era mientras estaba en Osaka, donde los Pumas se alojaron durante varios días para su partido con Tonga. Viví, como en todo el torneo, en el mismo departamento que Alejo Miranda, mi compañero de La Nación. Con él programamos el viaje, y una mañana soleada y calurosa de septiembre abordamos el tren bala (Skinkansen), que tardó dos horas para recorrer 330 kilómetros. En la estación JR nos indicaron –con la amabilidad, paciencia y precisión que se encuentra en todo Japón- que la mejor opción era, porque además estaba incluida en el boleto, la del Hiroshima Bus. Tras 20 minutos y cuatro paradas, nos bajamos en Heiwa-Kinen-Koen, el lugar del Parque de la Paz. En el trayecto tuvimos un pantallazo del centro de la ciudad, amplia y esplendorosa, aunque no con el lujo de Tokio, Osaka o Yokohama, por citar las más importantes.

Cerca de las 10 y media de la mañana, y cuando el calor ya empezaba a sentirse, lo primero que vimos al bajar del colectivo fue el esqueleto del edificio que sobrevivió a la bomba. La Cúpula de la Bomba Atómica, también conocida como la Cúpula Genabku, está ahí, inmóvil, cuidada, blanca, bordeada por hierros quemados, rodeada de verde y resguardada como memoria activa después de más de siete décadas. Al edificio lo construyó en 1915 el arquitecto checo Jan Letzel. La cúpula y las paredes no se derrumbaron como el resto de la ciudad por una sola razón: la bomba –a la que los norteamericanos apodaron siniestramente “Little boy”- estalló 600 metros justo encima de ellas, y como la onda expansiva se produjo hacia los costados, tal como cuando se abre un paraguas, la destrucción no las alcanzó. Ese bloque de cemento y acero tiene voz. Hay silencio, pero se lo escucha gritar.

Seguimos caminando. El corazón se agita, cuesta conseguir el aire, y no se debe solo al calor que cada vez se pega más a la piel. Al fondo del amplio parque está el Museo Conmemorativo de la Paz, moderno y austero. Todo en una sola planta. Se empezó a construir en 1949 y fue sumando salas y refacciones hasta la última reinauguración, en abril del año pasado. El ingreso es como cualquier gran museo del mundo: una sala amplia donde se recogen los folletos, se paga la entrada, se contratan las audioguías, y se puede tomar un café o un té. Pero no bien uno sale de lo formal, ya es recibido por el primer gran estremecimiento: una maqueta con forma de burbuja proyecta una vista de lo que fue la masacre. A la altura de la cintura de alguien de 1.70 metro se ve la ciudad como estaba a las 8.14 de ese 6 de agosto. De pronto, empieza a formarse una nube negra. Es la bomba que está cayendo. La luz se expande, estalla, y, en apenas segundos, lo que se ve es ese mismo terreno totalmente devastado.

Me quedé petrificado no sé cuánto tiempo mirando la misma secuencia. Cuando levanté la vista había distintos grupos con la misma mirada de angustia. Unos chicos australianos, una pareja francesa, varios orientales. Ahí se inicia el recorrido. La siguiente imagen es otro golpe de nocaut. Es una foto en blanco y negro tomada a las 11 de esa mañana. Es un grupo de chicos, desorientados, desolados, con las ropas ajadas y calcinadas. La foto es borrosa, como si estuviera fuera de foco. Desde la audioguía la voz nos indica que son las lágrimas del fotógrafo que cayeron sobre su lente. El fotógrafo es Yoshito Matsushige, quien esa misma mañana, a 200 metros del epicentro, tomó otra imagen del horror: una mancha negra que dejó alguien que estaba sentado en las escaleras de la entrada de un edificio.
Esa primera parte lleva como título “La devastación del 6 de agosto”. Luego sigue la de los daños producidos por la radiación. Fotos de hermanos que perdieron el pelo, otros con malformaciones, familias destrozadas. En el pasaje llamado “Gritos del alma” aparecen lápices, libretas, uniformes, triciclos, fotos, gorros, cartucheras, objetos que se fueron encontrados. También se exhiben otras fotos con la gente, sedienta, tomando el agua con cenizas que caía del cielo, sin saber que era peor aún. El recorrido es bajo una luz tenue y un silencio incómodo que nadie se atreve a alterar. Por momentos sentía que la angustia me mareaba.

Sobre el final del recorrido se representa la historia de Sadako Sasaki. Tenía 2 años el día de la bomba. Toda su familia murió. Ella se salvó porque la explosión, registrada a casi 2 kilómetros de su casa, la despidió por la ventana. Sadako encontró otra familia, fue al colegio, se empezó a destacar en los deportes, y, con ello, se transformó en un símbolo de la vida después de la muerte. Pero a los 11 años le diagnosticaron leucemia. Por ella, los médicos detectaron que esa misma enfermedad, producto de la bomba, estaba afectado a otros cientos de niños. Sadako murió a los 12 años. En las paredes están las fotos con el andar de su corta vida. En la última yace en el cajón, con la cara limpia y serena. No lo soporté. Me largué a llorar. Lloré y lloré durante largos minutos.

En honor a Sadako, en el Parque hay un Monumento a los Niños. Y hay una Llama de la Paz, encendida el 1° de agosto de 1964 y que se apagará una vez que no haya más armas nucleares en el mundo. También se levanta un muro en homenaje a las víctimas. Y hasta ondea una bandera de los Estados Unidos.

………………

Unos meses después de concretada la masacre, la revista The New Yorker, por la que han desfilado los mejores escritores y periodistas de los Estados Unidos, envió a John Hersey a Hiroshima para que retrate lo que había ocurrido. El resultado fue un número dedicado exclusivamente a ese tema, y la crónica de Hersey, directa y basada en hechos y datos reales, significó en su momento un paso adelante en las notas periodísticas en revistas. Hoy, The New Yorker reedita aquellos artículos.

Hersey centró su crónica publicada el 24 de agosto de 1946 en seis sobrevivientes, a los que entrevistó después de andar varios días sobre las ruinas de Hiroshima. Así comienza su artículo:

“Exactamente a las ocho y cuarto de la mañana, el 6 de agosto de 1945, hora japonesa, en el momento en que la bomba atómica estalló sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, secretaria del departamento de personal de East Asia Tin Works, acababa de sentarse en su lugar en la oficina de la planta baja y estaba volviendo la cabeza para hablar con la chica del escritorio de al lado. En ese mismo momento, el doctor Masakazu Fujii se estaba sentando con las piernas cruzadas para leer el Osaka Asahi en el porche de su consultorio privado, de frente a uno de los siete ríos deltaicos que divide a Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina, observando a un vecino derribar su casa porque se encontraba en el camino de una línea de fuego de defensa antiaérea; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, se reclinó en ropa interior en un catre en el último piso de la casa misionera de tres pisos de su orden, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del gran y moderno Hospital de la Cruz Roja de la ciudad, caminó por uno de los pasillos del hospital con una muestra de sangre en su mano; y el reverendo Sr. Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se detuvo en la puerta de la casa de un hombre rico en Koi, el suburbio occidental de la ciudad, y se preparó para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado de la ciudad por temor a la ataque masivo B-29 que todos esperaban que Hiroshima sufriera. Cien mil personas fueron asesinadas por la bomba atómica, y estas seis estaban entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué vivieron cuando tantos otros murieron. Cada uno de ellos cuenta que lo que los libró fueron muchos elementos pequeños de azar, un paso dado a tiempo, una decisión de ir adentro, tomar un tranvía en lugar del siguiente. Y ahora cada uno sabe que en el acto de supervivencia vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En ese momento, ninguno de ellos sabía nada”.

También en TNY se rescata otro valioso texto. A fines de ese 1945, Eugene Kinkead entrevistó a Paul Warfield Tibbets, Jr., quien comandó el avión de Combate de Escuadrón 509 desde el cual se lanzó la bomba atómica. Tibbets había participado en todo el proceso de elaboración del monstruo. Sabía perfectamente qué era lo que iba a hacer. Kinkead escribe, entre el desgarro y la precisión: “Cuando se arrojó la bomba, todos estiraron el cuello para mirar la enorme nube negra que se elevaba sobre la ciudad, un efecto muy diferente de todo lo que ellos había visto alguna vez. Luego, voló de regreso comiendo bocadillos de jamón”.

Sobre Tibbets se tejieron varias leyendas. La más difundida fue que se había suicidado producto de la culpa que sentía. Todo lo contrario. Tibbets, el hombre elegido por el gobierno del presidente Harry Truman, jamás se arrepintió de lo que hizo. Y vivió hasta los 92 años, muriendo recién en noviembre de 2007. Como buen hijo de su madre, bautizó al avión desde el que se arrojó la bomba nuclear con el nombre de ella: Enola Gay. Fue su madre, Enola Gay Hazard, quien lo alentó a seguir la carrera militar.
…………
El Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima tiene, además del edificio principal de una planta, el Edificio Este, de 3 pisos, en el que se proyectan videos y se exhiben murales sobre el desarrollo de la bomba atómica y las armas nucleares, la historia de la ciudad y testimonios. También hay espacios para mensajes y desarrollos por la paz. Cerca de las 3 de la tarde me vi en un momento caminando sin sentido. No sabía si volver al Parque o emprender el regreso a Osaka. En el hotel donde se alojaban los Pumas había lo que se da en llamar “atención a la prensa”, que es un sinsentido para cualquier periodista que quiera hacer una cobertura seria de un Mundial y en un lugar como Japón. No había nada que hacer ahí. Había que seguir impregnándose de esto. Un periodista se nutre de estas experiencias. Nos hacen mejores. Cuando había que tomar una decisión nos miramos con Alejo. Ni lo discutimos. Nos habían recomendado la isla Miyajima, a 30 minutos de colectivo y otros 15 de ferry. Ahí fuimos.

Mientras el sol se escondía en el horizonte, pisando el mar celeste y apacible, fui tratando de guardarme en cada neurona lo que había visto y vivido. En Miyajima, adentro del mar, se levanta la puerta del santuario de Itsukushima, patrimonio cultural de la humanidad. El sol jugaba con ella mientras se iba. Es una postal. Intenté imaginarme en esa gente el 6 de agosto de 1945. En una guerra que ya estaba prácticamente terminado. En hasta dónde puede llegar la maldad humana. Agradecí lo que la vida me había dado. Y pensaba, también, que  algún día tenía que escribir sobre Hiroshima

Sitio Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima

Vida

Frank Sinatra estaba apurado cuando grabó la primera versión de That’s Life. Transcurría un atardecer de la segunda mitad de 1966 y al astro le esperaba una cena con la actriz Mia Farrow, con quien estuvo casado entre ese año y 1968. A Jimmy Bowen, el productor, no le gustó como había salido la sesión; creía que la letra de That’s Life necesitaba un Sinatra al 100 por ciento. Entonces, se animó a lo que pocos se animaban: lo frenó cuando salía rumbo al encuentro con Farrow y le pidió que la grabara de nuevo. “Sentí que me hundía con sus ojos azules mirándome fijo, pero se dio media vuelta y volvió al estudio. Estaba enojado y entonces fue cuando la cantó de verdad; mordió la canción”, recordó tiempo más tarde Bowen. That’s Life salió a la venta en un LP que llevó el mismo título en noviembre de ese 1966 y significó un renacer de Sinatra en un tiempo en que el mundo giraba alrededor de los Beatles. Es, quizá por eso también, una de las versiones más rockeras de Sinatra.

That’s Life fue escrita por Dean Kay y Kelly Gordon, y la primera versión la cantó Marion Montgomery en 1963. Después de la de Sinatra, la interpretaron decenas de cantantes, pero ninguna le llegó a los talones a la de The Voice. En 2019 volvimos a escucharla y a disfrutarla esta vez en una de las películas icónicas de los últimos tiempos. That’s Life aparece cuatro veces en Joker. Es más: le pone el punto final. La voz de Sinatra sube y baja como lo requiere la letra de la canción: “Cabalgas en abril, te disparan en mayo. Pero voy a cambiar esta melodía cuando esté en lo alto de nuevo en junio”. Y es la frutilla del postre para acompañar en el otro sube y baja que transita una película que nos pasea por todos los estados, y que tiene a Joaquín Phoenix en un papel grandioso.

River Phoenix, también actor, fue la inspiración para su hermano Joaquín. Murió de una sobredosis a la salida de un bar. River era amigo y compañero de salidas de John Frusciante, el guitarrista que acaba de anunciar su vuelta a los Red Hot Chili Peppers. En una entrevista reciente, Frusciante dijo que “la música es infinita”.

Vuelvo a Sinatra y, en parte, a aquel apuro por encontrarse con Mia Farrow. Recurro a una maravillosa entrevista/perfil que le realizó el periodista Rex Reed a Ava Gardner, reproducida, en parte, en el libro El Nuevo Periodismo, de Tom Wolfe. Gardner, una de las actrices más bellas de la historia, fue la esposa de Sinatra entre 1951 y 1957. Reed escribe esta joya sobre Ava: “Su cuello, pálido y largo como un vaso de leche”. Su texto más adelante sigue así: “¿Y Sinatra? – Sin comentarios, le dice a su copa. Cuento lentamente hasta diez, mientras sorbe su bebida. Entonces, -¿Y Mia Farrow?- Los ojos de Ava se avivan hasta un suave verde césped. La respuesta llega como si cantidad de gatos lamiesen muchos platillos de crema – ¡Ah! Siempre supe que Frank acabaría en la cama con un chico”.

La vida de Sinatra les dio letra a numerosos periodistas y escritores. La escena que se detalla al comienzo de este texto fue revelada por el escritor canadiense Mark Steyn y reproducida por el diario El País de España. Pero nadie como el genial Gay Talese ha retratado al ícono de raíces italianas nacido en Nueva Jersey a fines de 1915. Talese admiraba a Sinatra y lo nombra en varios de sus libros. Su obra cumbre para el periodismo fue la nota que escribió para la revista Esquire y que llevó como título “Sinatra está resfriado”. El detalle es que armó una genialidad sin haber podido cruzar una palabra con Sinatra. La escribió en abril de 1966, unos tres meses antes de aquella grabación de That´s Life.

Talese incluyó ese texto en su libro Retratos y encuentros. Un pasaje de él: “Sinatra venía trabajando en una película que ya no le gustaba, que no veía la hora de acabar; estaba harto de toda esa publicidad sobre sus salidas con Mia Farrow, que esta noche no había aparecido; estaba molesto porque un documental sobre su vida que iba a estrenar la CBS en dos semanas se inmiscuía en su privacidad e incluso especulaba sobre una posible amistad suya con jefes de la mafia; estaba preocupado por su papel estelar en un programa de una hora de la NBC titulado Sinatra: un hombre y su música, en el que tendría que cantar dieciocho canciones con una voz que en ese preciso momento, a pocas noches de comenzar la grabación, estaba débil, áspera y dubitativa. Sinatra estaba enfermo. Era víctima de un mal tan común que la mayoría de las personas lo consideran trivial. Pero cuando este mal golpea a Sinatra puede precipitarlo en un estado de angustia, de profunda depresión, de pánico e incluso de ira. Frank Sinatra tenía un resfriado”.

No es casual que haya mezclado música con libros. Para mi duermen en la misma cama. Creo que las letras tienen sonido. Cuando me toca releer alguna de los textos que escribo periodísticamente, suelo hacerlo buscando música en cada palabra y en cada oración, y hasta lo acompaño moviendo el dedo índice como si fuese un director de orquesta. Encontré, salvando las distancias, claro, un espejo en esto que escribió Joan Didion en su indispensable libro El año del pensamiento mágico: “Nunca había llegado a aprenderme las reglas gramaticales, sino que me basaba únicamente en lo que me sonaba bien y lo que no”.

La música y la lectura me acompañan en estos momentos de reclusión por la pandemia tal como lo hacen desde mi niñez. Encuentro placer y sosiego cada vez que en mi casa me paro a ver las bibliotecas donde se apilan libros y discos. Sé que ahí voy a encontrar espacios de reflexión, felicidad y tranquilidad; que de ellos aparecerán las vías para escaparme de los malos pensamientos y de las rutinas del día a día.

Los estantes con libros y discos es una imagen que guardo desde muy chico. Es parte de la gran herencia que me dejaron mis padres. Tengo grabada como si fuera hoy la tapa del disco Please please me, de los Beatles, en el primer estante, casi al ras del suelo, en el living del departamento de Juncal entre Bulnes y Coronel Díaz. Ese disco salió a la venta en 1963, cuando yo tenía 5 años. En mi imaginación de niño, creía que en la tapa, John, Paul, George y Ringo estaban en un balcón cerca de casa y que algún día los iba a ver. Vivíamos en un séptimo piso desde donde se veía el río y la avenida Libertador. El edificio lo había construido un estudio en el que trabajaba mi padre y varios de los socios se habían quedado con un piso.

Please please me es mi primer registro musical. Aprendí inglés con sus canciones: I saw her standing there, Misery (mi primera canción favorita), Ask me why, Please please me, Love me do, Twist and shout. Estas dos últimas las bailaban mis padres en el living. Creo también que fueron mis primeros pases de baile. Mis padres adoraban a Sinatra. Bailaban con él y con Chubby Checker. La época del twist. Sonaba el jazz, con Louis Armstrong, Billie Holliday, Duke Ellington. Y, claro, Elvis.

Si hubo algo que los identificó a mis padres hasta el último momento de sus vidas fue el estar escuchando música. Siempre. En el tocadiscos, en la casetera, en los CDs, en la radio. Ay, los extraño. Pienso que ellos, aunque lejos, vivieron la Segunda Guerra Mundial. ¿Habrá sido como lo que estamos viviendo ahora? ¿Qué me dirían? Pondrían música. That’s Life

En memoria de mi gran amigo el Mono Carlos Layral, con quien compartimos el placer de la música durante tantos años.

¿Será el verano?

Los dos libros que llevo leídos en lo que va del año tienen, cada uno, un hilo conductor en uno de los personajes, ambos hombres: alguien que, de pronto, deja todo y se va. Sin anunciarlo, sin pensarlo, sin planificarlo. Respondiendo a un impulso que lo saca de la rutina y lo traslada a algo desconocido. Saliéndose de él mismo. En Tren nocturno a Lisboa, de Pascal Mercier, el profesor Raimund Gregorius, abandona Berna de un día para el otro para irse tras los rastros de un libro escrito por el médico portugués Amadeu Prado, impulsado también por el encuentro con una bella portuguesa que está a punto de suicidarse –o no- desde un puente. Escribe Mercier en las primeras líneas: “El día a partir del cual ya nada sería como antes en la vida de Raimund Gregorius, comenzó como tantos otros días”.

El otro corresponde a uno de mis escritores favoritos, Paul Auster: El libro de las ilusiones. Allí, Hector Mann, un actor de películas mudas -nacido en la Argentina- sale del mundo de todos sus días de un día para otro. Escribe Auster a través del otro personaje central del libro, el escritor y, como Gregorius, profesor, David Zimmer: “Doble o nada, la última de las doce comedias breves que realizó a finales de la época muda, se estrenó el 23 de noviembre de 1928. Dos meses después, sin despedirse de amigos ni conocidos, sin dejar una nota ni informar a nadie de sus planes, (Mann) salió de la casa que tenía alquilada en North Orange Drive y no se lo volvió a ver nunca más”.

El departamento de Gregorius quedó intacto, con un disco de portugués en el platillo del tocadiscos. Mann dejó su DeSoto azul estacionado en el garaje. Si bien luego los rumbos de ambos se van bifurcando en ambos libros, hay un punto central en común: se van. Y mientras terminaba el de Mercier y empezaba el de Auster, y me sorprendía que ya en la primera página se repetía la fórmula, empecé a recordar la cantidad de veces que yo quise ser ese personaje, el de la fantasía de un día para el otro trasladarme a otra realidad, de instalarme en otro lugar y arrancar de nuevo, como si lo anterior y lo actual no existiesen.

Tiene mucho de la famosa fuga geográfica lo que todavía, aunque con menos intensidad, me atrapa en los pensamientos. Creer, fantasear, ocultar, que la solución es irse. A lo largo de mi vida me he está estado yendo. Algo de eso escribí en mi despedida del blog Periodismo Rugby, hace ya dos veranos. ¿Será el desapego de la rutina que dan las vacaciones, el contacto con el mar y la playa, la los libros, las caminatas y el desagote de los conductos que van al cerebro lo que me lleva a escribir de nuevo sobre este tema? Puede ser.

¿A alguien del auditorio no le ocurrió al menos una vez eso de pensar de salirse de la realidad y pasar a otra sin saber qué hay del otro lado? ¿A alguien alguna vez no se le dibujó el pensamiento: “largo todo y me voy en busca de otra vida”? Tomarse un avión e instalarse en cualquier lugar del mundo. O abordar un tren –mis fantasías tienen que ver con los trenes, por eso me atrapó tanto Gregorius, que se sube a un tren a lo largo de casi dos días, durmiendo en camarotes- y viajar y viajar, y bajarse en cualquier estación y quedarse ahí.

Irme es un tema que hablo a menudo con mi terapeuta. Las fantasías las traigo desde la niñez. Hijo único, muchas veces me quedaba solo y allí fantaseaba con los trenes, con irme, con estar en otro lugar, en otra realidad, cuando la mía tenía todo como para quedarse ahí. Pero pasaba. Y pasa. Aparece cuando viene un problema o una situación que no quiero afrontar. Entonces, ¡zas!, el primer pensamiento –que en mi caso es el que hay que dejar pasar- es irme. Ni sé dónde. Pero irme.

“Nuestras vida es esas fugaces formaciones de arenas movedizas que forma un golpe de viento y que el siguiente destruye. Estructuras de futilidad que son arrastradas antes de que se hayan formado como es debido», escribe Amadeu en el libro tras el cual escapa Gregorius.

“El hombre no tiene una sola y única vida, sino muchas, enlazadas unas con otras, y ésa es la causa de su desgracia”, cita Auster al escritor francés Francois-René de Chateaubriand en el prólogo de su libro.

La vida es una exploración constante. Hay que vivirla plenamente. Yéndose o quedándose. Aceptando nuestros destinos, estén donde estén o vayamos donde vayamos

40

Lo agradezco. Madrid me despide de Europa con un cielo azul, limpio y con una temperatura agradable para lo que es el avanzado otoño en estas latitudes. Caminé por Gran Vía, Sol, Plaza Mayor, Fuencarral, Cibeles, Neptuno, Alcalá. Almorcé en Malasaña y tomé sol en Oriente mientras me servían una sopa bien caliente. Vengo de unos días helados y lluviosos; primero en Edimburgo y luego en Londres. Lo agradezco. Me vine hasta aquí a trabajar –cubrí los dos últimos partidos de los Pumas para La Nación- y a festejar: mis 60 años de edad, mis 40 años de periodista y el haberme salvado de una operación de divertículos que asomaba complicada. Me hice ese regalo. Lo sigo disfrutando mientras escribo estas líneas unas horas antes de regresar a la Argentina. Lo agradezco.

El 24 de noviembre pasado cumplí cuatro décadas en el periodismo. Creo que no me pudo tocar mejor lugar para celebrarlo: en Murrayfield, Edimburgo, cubriendo el test entre los Pumas y Escocia. Ni en mis mejores sueños cabía que 40 años después de mi primer día iba a estar ahí, en una de las ciudades más bellas del mundo –hasta los ingleses dicen que es la más linda del Reino Unido, por sobre Londres-, en un estadio que cuando era chico ansiaba conocer y con la posibilidad, nada menor en estos tiempos, de trabajar en lo que sigo eligiendo. Siento, sin que esto signifique un alarde de nada, que soy un privilegiado. Hace poco, Keith Richards dijo que se iba a morir tocando la guitarra y que eso no era un acto de vanidad, sino simplemente porque no sabía hacer otra cosa. A mí no me sale otra cosa que el periodismo, y dentro de ello, donde más vivo me siento es escribiendo.

Hay una voz interior del oficio que me dice que esta nota debí escribirla el 24 de noviembre, justo cuando se cumplieron 40 años. Pero hay otra voz, que supongo que sale desde el transcurrir de los años, que me susurra que ya no hay apuros, que la haga cuando salga. Este blog es así. No corre, no fija fechas, sale lo que viene. Además, hubo otros motivos. El sábado tuve que trabajar hasta la madrugada británica mandando el material para el diario y, también, no pude despegarme de todo lo que llegaba desde Buenos Aires con la suspensión de la final entre River y Boca por la Copa Libertadores. El periodismo no logró quitarme, salvo en un pequeño lapso, mi pasión gallina. Quizá podría haberlo escrito el viernes a la noche, pero este viaje, como apunté, era para celebrar, así que ese día me fui a cenar con mi amigo Michi Lorences, con quien viajamos a Edimburgo desde Madrid.

Así que estoy rememorando estos 40 años ahora, unos días después de la fecha exacta. Jamás olvidaré aquel viernes 24 de noviembre de 1978. Tenía 20 años y un mes, y estaba terminando el primer año de la cursada de periodismo en el Círculo de la Prensa, después de despedirme de dos años a los tumbos en la Facultad de Medicina de la UBA. Nunca fui bueno estudiando, y para ser médico se necesitan horas y horas diarias frente a los libros. Además, en esa época me importaba más divertirme. Adoraba la noche y las salidas con amigos a lo que fuese y pasar buena parte del día en el club CUBA. La llave me la dio Ezequiel Fernández Moores, íntimo amigo y compañero en el colegio San Agustín desde tercer grado. Él también estaba en el Círculo de la Prensa, ya casi terminando, y trabajaba en la agencia Noticias Argentinas (NA). Una tarde nos cruzamos en las escaleras del Círculo, que estaba en Rodríguez Peña 80, a una cuadra de Plaza de los Dos Congresos, frente a un Congreso inactivo en épocas de dictadura. “Hay un lugar en la sección Deportes porque echaron a uno. ¿No querés presentarte? Yo te recomiendo”, me dijo Ezequiel. Recuerdo perfecto mi respuesta: “Pero mirá que apenas escribí algunas cartas”. “No importa. Andá”, me insistió. Y al otro día me avisó que me esperaban el viernes.

Ese viernes soleado, caluroso, amanecí siendo un manojo de nervios. Me puse el único traje que tenía, que me lo había regalado mi abuelo Guillermo para cuando me recibí en el colegio, en 1975. Nunca más lo había usado en esos casi tres años. Caminé por Juncal hasta Pueyrredón, donde tomé el colectivo 61 hasta bajarme en Alem y Córdoba. Subí por Córdoba casi hasta Florida y entré en la galería que estaba debajo de Harrods, donde en el subsuelo funcionaba NA. No podía imaginarme lo que el destino me tenía preparado.

NA era tal como la llamábamos: una cueva. Quizá la cueva donde se respiraba más periodismo en el mundo. O donde más lo respiré yo, porque era un periodismo certero, sin sanata, conciso, valiente para esa época nefasta, y anónimo, en el cual el ego que tenemos los periodistas había que guardárselo en un bolsillo. La redacción era un ambiente sin ventanas, con unos turbos prendidos al máximo que envolvían el humo del cigarrillo y hacían volar las hojas que estaban arriba de las mesas. A la entrada, sobre la izquierda, se montaba una pila de diarios de todo el país. A la derecha estaba fotografía. Directo desde la puerta se veía la sección Deportes, separada del resto de la redacción por una mampara y con lugar para un solo escritorio y otra máquina de escribir sobre una de las paredes. A la derecha estaba el resto de la redacción, en la cual entraban 6 redactores, el jefe de turno y detrás de él, los teletipistas. Al fondo, el baño y al lado, el despacho del director, el maestro Horacio Tato.

Cuando llegué esa mañana, a eso de las 9, el jefe de Deportes, el Negro Eugenio Paillet, quien terminó siendo mi primer maestro de los muchos que tuve en el periodismo, estaba en una rutina que en ese entonces no entendí pero que después se me hizo costumbre: hablaba por teléfono con una especie de manija que se encajaba en el hombro para dejar las dos manos libres y así escuchar y escribir al mismo tiempo. Me pareció frenéticamente genial. Cuando terminó, me miró de arriba abajo y, lapidario, me dijo: “Pibe, acá no es necesario que vengas de traje. Esto no es una oficina”. Le hice caso. De ahí en más usé el look de esos tiempos: pantalones ajustados arriba y excesivamente acampanados abajo, camisas de bambula desabrochadas hasta el ombligo, botas y todo tipo de adornos (pulseras, collares, tobilleras). Tiempo después supe que Tato insinuó que era gay.

El Negro Pailet escribía, me hablaba, atendía el teléfono, grabada en un viejo grabador de cassette, me hablaba, gritaba “boletín”, salía corriendo hacia el jefe de turno, volvía, se sentaba, me hablaba, se reía con el Negro Vergara, una enciclopedia del periodismo con su botella de ginebra al lado, me hablaba, fumaba, me aconsejaba. Ese día me habló de la importancia de la cabeza noticiosa (la pirámide invertida, la que hasta hoy defiendo con uñas y dientes, la que lleva lo importante arriba y lo menos, abajo) y me explicó que se escribía en tres hojas con dos carbónicos: una quedaba en la sección, otra en la mesa del jefe de turno y la tercera iba para el teletipista, el último engranaje para que después esa noticia se distribuyera en las teletipos de todos los abonados. No se firmaba y cada cable (así se llamaban los textos noticiosos) llevaba las iniciales del que lo escribía. En el futuro, los míos –muy pobres durante un largo tiempo- se identificaban con JB.

Hasta que en un momento el Negro me dijo: “Sentate en esa máquina y escribí algo. Yo me voy, dejámelo arriba del escritorio”. Cuando el Negro se fue, entró el querido y recordado Mario Strin, un menottista empedernido que fumaba un cigarrillo tras otro, pero con una particularidad: no les daba más de dos pitadas; el resto se consumía en el cenicero, que era una montaña de cenizas. Mario me preguntó de qué equipo de fútbol era. El también simpatizaba por River. “Seguí escribiendo”, me dijo. Yo, juro, no sabía ni dónde estaban las teclas de esa Olivetti. Tardé como una hora para escribir una carilla. Hasta que a esa de las dos de la tarde me dijo que me vaya, que cualquier cosa me iban a llamar. Dejé mi teléfono (de línea, el de la casa de mis padres, donde vivía) y me fui creyendo que ahí se había terminado todo. En la sección estaban el Negro, Mario, Ezequiel y el Gordo Del Corro. Pensé que no había lugar para mí.

A eso de las cinco de ese mismo viernes, mi madre me avisó que me llamaban por teléfono. Yo estaba en mi cuarto escuchando música. Era el Negro Paillet: “¿Te podés ir hasta el hotel Los Dos Chinos? Llegó el Deportivo Cali y necesitamos que vayas a cubrirlo”. Ni pregunté qué tenía que hacer. Dije que sí. Esa misma noche, un amigo, Edu de Cabrera, me presentaba una chica. Lo llamé y le dije: “Edu, haceme la gamba; ¿me buscás por el hotel Los Dos Chinos a las 8?”. Edu, amigo, me dijo que no había problema. Tenía auto. Yo no. Me tomé el 60 en Junín y Juncal y me fui hasta Constitución. Cuando llegué al hotel estaba entrando Carlos Bilardo, DT del Cali, que el martes tenía que jugar la revancha de la Libertadores con Boca. “Necesito hablar dos minutos con usted”, le dije. “Me tengo que ir ya a Canal 13”, me respondió, pero debe haber advertido mi cara de angustia y, al final, se quedó unos minutos hablando conmigo. No me acuerdo que le pregunté. Entré al hotel, abordé a otros tres jugadores y busqué un teléfono ahí mismo para pasar la información a la agencia. Hice todo en menos de una hora. No por cumplir con NA, sino porque me esperaba una chica. Me felicitaron por la rapidez. “Así se trabaja, pibe. Te felicito”, me dijo el Negro. No sabía en ese entonces que en las agencias de noticias se privilegiaba la rapidez. Había que salir antes que la competencia. Sentí que la cara se me transformaba de felicidad. Tanto que todavía no recuerdo nada de lo que pasó después; ni el nombre de la chica ni dónde fuimos con Edu y su novia. Edu murió en enero del año pasado. Siempre le deberé una grande. Quizá la pueda saldar con su hijo, que estudia periodismo en Deportea.

Al otro día, el sábado, me volvieron a llamar. Fui a cubrir el entrenamiento del Cali a los Bosques de Palermo. Con el Flaco Durán de fotógrafo. Y así seguí hasta hoy. En estos 40 años tuve la fortuna de estar apenas un mes sin trabajo. Pasé por las agencias de noticias NA y DyN; por los diarios La Razón, La Voz, Sur, Página 12, Clarín; por los canales 9, 7, 11, 2 y 13, TyC Sports, ESPN, TyC; por las radios Del Plata, Splendid, Excelsior; por las revistas Goles Match, La Deportiva, Somos, El Ciudadano, Tenis Semanal; fundé el blog periodismo-rugby; cubrí decenas de eventos en el exterior; viví la máquina de escribir, la teletipo, el fax, la computadora, internet, el mail, las redes sociales, los blogs, los podcast, el cable, los teléfonos móviles de distintos tamaños y funciones. Me mantengo en TEA y Deportea desde su fundación -las dirijo a ambas escuelas- y como columnista de rugby de La Nación desde 2006, al poco tiempo de irme de Clarín. Escribí cuatro libros. Todavía disfruto de la adrenalina de escribir contra reloj y añoro la locura de las redacciones, los largos cierres, las noticias que llegaban a último momento y obligaban a cambiar todo, la edición, la elección de las fotos, las cenas multitudinarias hasta la madrugada, las charlas en los pasillos, el bullicio, los maestros que había en cada redacción, las discusiones, las reuniones de edición, los sumarios. Me considero aún un animal de redacción, pero ya no tengo energía para volver a esa rutina que me comió buena parte de mi salud.

En otro momento quizá me dedique a escribir sobre lo que viví en el periodismo en estos 40 años. O no. En este post quería celebrar y contar este viaje, en el cual también estuve en Londres. Ahí, en Twickenham, pude completar una especie de Grand Slam personal con los Pumas. Me faltaba verlos con los Barbarians. Y lo hice. Como con los All Blacks, los Wallabies, los Springboks, Inglaterra, Escocia, Francia, Irlanda, Gales, Italia y los Lions. Un pequeño gustito. Disfruté del frío helado de Edimburgo, de la lluvia de Londres y del sol y de la comida de Madrid. Conseguí además dos joyitas que venía buscando desde hacía un buen tiempo: los libros El puente y Vida de un escritor, ambos del genio de Gay Talese. Salí de la librería en Madrid con una sonrisa que hubiese sido digna de retratar. Como la que lucí el día que me fui a Richmond, otro de mis lugares en el mundo. O cuando me junté con mi amigo Ferni a cenar en Salamanca, o cuando salimos de paseo con mi adorada sobrina Lucía, o cuando fui con mi amigo Rex a Twickenham. Durante 17 días caminé feliz por las calles europeas sabiendo que estaba de celebración. Lo agradezco

* Este texto fue terminado el 6 de diciembre de 2018. Decidí publicarlo, a modo de cierre, en las últimas horas del año en que cumplí 60 de edad, 40 de periodista y en el que esquivé -por ahora- una delicada operación. ¡Feliz 2019!

60

Cuando inventé el blog periodismo-rugby, en los albores de septiembre de 2006, decidí que los títulos de los textos llevasen sólo una palabra. Sin ser para nada original, busqué darle un estilo propio. En esa sintonía, cuando un club o un personaje cumplían años, el título era un número. En el centenario, por ejemplo, era 100. Hoy me toca a mí, en otro blog, en éste que empecé el año pasado y al cual tengo abandonado hace un buen tiempo. El presente post se titula 60 porque, ¡oh que audaz!, he arribado a los 60 años; a las 6 décadas; al LX, large extra, en número romanos. Entendí, entonces, que significaba una preciosa oportunidad para volver a sentarme frente a una computadora y ensayar unas palabras que no fuesen las de rugby que escribo todos los jueves en el diario La Nación, en lo que es mi único contacto con el diario de papel, ya que lo concerniente al periodismo lo sigo ejercitando todos los días en TEA y Deportea, mi sostén económico pero, sobre todo, mi genuina conexión con el oficio que elegí hace 39 años y 11 meses. Sí, en un mes cumpliré 40 años en el periodismo y quizá eso merezca otro manuscrito, que probablemente lleve como título: 40.

Nací en la madrugada del viernes 24 de octubre de 1958 y aquí estoy el miércoles 24 de octubre de 2018. Escorpiano, hijo único, pertenezco a una camada, la del 58, que vivió mucho pero que, creo, llegó tarde a todos los grandes movimientos. Éramos aún chicos en los actos revolucionarios de la cultura en las décadas de 1960 y 1970, y un poco grandes en todo lo que vino con y después de Internet, más todos sus derivados. Estábamos lejos de los que comandaban los cambios y estamos lejos de los millennials. Vengo de una generación del medio, pero que se las arregló para, de todos modos, empaparse con todos los sucesos de este último medio siglo y monedas.

No sé si les ha pasado cuando se vieron cerca de algún número redondo, pero hace unos años que me vengo preguntando qué iba a ocurrir cuando llegase a los 60. Hoy puedo decir que no pasa nada, que es un día más, que hay que festejarlo porque llegué a esa cifra y que la gran diferencia es que no diré más 59 cuando me pregunten la edad. Pero no quiero hacerme tampoco el superado. Es un numerito. Faltan solamente 5, si es que este gobierno no cambia la fórmula y si es que llego también, para transformarme en un jubilado, algo que, a decir verdad, no me disgusta tanto, ya que siento que merezco un descanso después de tantos años trabajando intensamente.

No ha sido sencillo este año, el año de los 60. Venía de un stend, tuve un colapso personal a mitad de año y dos internaciones consecutivas: primero me operaron de una hernia inguinal; salí y al otro día volví al sanatorio con una diverticulitis grave. Me salvé de la operación esos días, pero los médicos me avisaron que debía pasar por el quirófano no más allá de noviembre. En estos dos últimos meses me estuve cuidando con las comidas –pollo, pescado, calabaza; casi no salí de ahí- para llegar bien a la operación, que anunciaba un post bastante complicado, con regreso a la vida normal recién en los primeros días de 2019. En todo este tiempo mi cabeza, que suele no detenerse durante las 24 horas, planeó decenas y decenas de escenarios, la mayoría nada simpáticos. Fui programando mi vida para estar out de todo durante noviembre y diciembre, y, debo confesarlo, hasta le había encontrado algo de comodidad, ya que en ese tiempo tenía, con certificado médico, la excusa para delegar obligaciones. Me esperaba, en el reposo, una pila de libros que aguardan ser leídos.

El cirujano me dijo que coma de todo y el gastroenterólogo, que opera con ese cirujano, que no coma verduras ni semillas. No se pusieron de acuerdo, pero opté por seguirlo a este último, ya que no quería correr ningún riesgo. Mi meta era llegar bien a noviembre, hidratado y fuerte física y mentalmente. Me mandaron a hacer un estudio que no se lo recomiendo ni a mi peor enemigo (bah, sí): una radiografía de colón por edema. Insulté al cirujano por todos los wines, pero fue ese estudio el que me terminó salvando: el panorama no es el mejor, es serio en realidad, pero no para operar. Si vuelvo a tener otro episodio, ahí sí que no zafó, aunque puede ser que no haya otro. Rezo por ello.

Así que un día, un martes a la noche, me encontré con otra foto a la que venía imaginando. Ahora era noviembre y diciembre on, sin quiebres a la rutina. Cabeza complicada la mía: como escribí antes, me había empezado a sentir cómodo con el otro escenario, porque, la verdad, también me calza bien el papel de víctima. Este nuevo, que en realidad no cambiaba nada, me ponía feliz pero me llenaba de interrogantes. Pasaron varios días hasta que pude caer en que me había salvado, sólo por hoy, de una operación más que complicada.

Ese es uno de los mejores regalos de estos 60 años. Uno de tantos, porque cuando ejercito el inventario, la columna de lo que tengo supera largamente a la de lo que me falta. Gozo de una vida plena, sin deudas, libre y limpio de todo, con la salud un poco averiada pero que no me impide una vida normal, estoy repleto de amigos, la mayoría con una duración que lleva 55 años y que concluirá cuando estemos bajo tierra, trabajo de lo que quiero y me va bien con ello. Tengo el corazón contento y la cabeza en un aceptable sano juicio.

Miro para atrás, lo que siempre no es un buen ejercicio –a veces tampoco vale mirar para adelante, puede traer peores resultados si los planes no se concretan-, y me veo mucho mejor hoy que a los 40. Ahí sí que no la pasé bien en ese número redondo que cambiaba de década. Tenía todo, pero el vació interno era más grande. Me sentía lejos de todo; de la adolescencia y de la sabiduría. Además, tengo una teoría no comprobada científicamente: los 40 son los peores para los hombres y los mejores para las mujeres. En cambio, en los 50 sentí la plenitud. Habrá que ver cómo empiezo a caminar los 60.

Los del 58 somos contemporáneos a la llegada del hombre a la Luna, a la Guerra Fría, a la Caída del Muro de Belín, a la Primavera de Praga, a las guerras televisadas, a los Beatles, a los Stones, a la vuelta y a la muerte de Perón, a la guerrilla, a la dictadura, a la vuelta de la democracia, a los campeonatos del mundo de 1978 y 1986, a Maradona, Pelé, Cruyff y Messi, al tango, al jazz, al twist, al rock, al rock sinfónico, al pop, al brit pop, a la música electrónica, a Internet, a los juegos en la calle y a los juegos en las computadoras, al cine, a Netflix, al cassette, al CD, a Spotify, a las cartas, al mail y a whatsapp, a los libros y a Facebook y a Twitter, al diario de papel y al diario digital, a la revolución de la mujer, al auge y al rechazo del cigarrillo, a las drogas de todo tipo, al cuidado físico y ambiental, a la apertura de la aeronavegación, a las máquinas de escribir, a las computadoras, a las tablets, a los teléfonos inteligentes, a los avances de las medicinas, a las nuevas enfermedades, al Che Guevara, a Nelson Mandela, a un presidente negro en Estados Unidos, al asesinato de JFK, al derrumbe de las Torres Gemelas, a un Papa argentino, a la TV blanco y negro y la TV color, a los rugbiers uruguayos de la Cordillera (¡Viven!), a las grandes matanzas, a los grandes atentados, al hambre que todavía sigue, a la desigualdad que se mantiene y sigue la lista.

Llegar a los 60 también es eso: saber que hay una memoria que captó cientos de momentos que fueron nutriendo este camino.  Estoy terminando de escribir este texto en los primeros minutos de mis 60 años. Festejo por todo eso. Claro que sí: hay que festejar. Esto recién empieza

Apariciones

El oficio de periodista seguramente agudizó mi sentido de la observación. Aunque me recuerdo desde chico captando fotos mentales, especialmente de la gente. Será por eso que poseo el don de la memoria fotográfica, que tan útil me ha sido en mi carrera en el periodismo. Al fin y al cabo, el periodista es, ante todo, un observador de las cosas y de las personas. Mi admiradísimo Gay Talese es un maestro en ese sentido. Al igual que Ryszard Kapuscinski, otro de los que nos sigue marcando el camino. En el albúm de esos detalles a los que siempre les presté suma atención, figura una mujer a la que en mis 20/25 años me la cruzaba de manera casi permanente. Era una mujer que en ese entonces superaría los 30 años, muy mona, siempre bronceda, con unas piernas largas que jamás ocultaba, impecablemente vestida todos los días, mayormente con vestidos blancos de una sola pieza, con anteojos como los que usaba Sofia Loren y también con curvas parecidas. Con poco maquillaje y sin ningún refresh estético (se veían poco y nada en aquellos tiempos). Vivía a la vuelta del departamento de mis padres y la veía, podría asegurarlo, a toda hora. La miré la primera vez porque me atrapó su belleza imponente, pero después se convirtió en una aparición tan habitual que en algunos sueños me llegué a creer que me la habían enviado como la mujer de mi vida. En la realidad, tenía cero chance con ella. De hecho, jamás me miró ni se percató que así como yo me la cruzaba a ella, ella se cruzaba conmigo. Aquella mujer de tacos que la elevaban al cielo pasó a formar parte de mi rutina: sabía que la iba a ver cada vez que salía o volvía a mi casa. Era transitar esas calles y, ¡paf!, me la encontraba. Muchas veces ella iba con su perrito, muchas otras estimo que iría a trabajar. Siempre sola. Me preguntaba en esos tiempos, hace ya unos 35 años, si tendría pareja, hijos, alguna amiga. Descartada como la mujer de mi vida, llegué a sentir que era una especie de mi doble.

Dos veranos atrás, en Punta del Este, yo paraba cerca del Puerto. Allí hacía mi rutina física todas las mañanas. Un día soleado, la volví a ver. Mientras elongaba en la pérgola de madera que se suspende sobre el mar, ella apareció sobre la rambla, también de madera, que serpentea el océano, los barcos y los veleros. Juraría que era ella. Bastante mayor, claro, pero con la misma estampa. Y, claro, bronceada, con sus anteojos de sol eternos de redondos y con sus piernas al aire. Estaba con otra señora más grande -¿su madre?- y con dos perros, más grande que aquel con el que andaba por Barrio Norte. Al otro día la volví a ver. Lo mismo al día siguiente. Tenía que ser ella. Dudé a cada instante en ir a preguntarle si no era la que vivía por Juncal y Larrea, donde me la cruzaba tres décadas y monedas atrás. Pero no lo hice. Preferí quedarme con la idea de que era mi doble, algo así como esas fantasías que se guardan los escritores para sus novelas. Precisamente las dos últimas que leí hacían referencias a eso. Uno mataba al personaje para que no le arruine la idea del libro; el otro evitaba una pregunta por idéntico motivo.

En estos tiempos estoy viviendo la misma situación con tres personas: dos mujeres y un hombre. La de las mujeres es parecida a la que ya conté. A una señora rubia de unos 40 años, de tez pálida, con el pelo hasta los hombros, con una nariz en punta que le calza con su cara, vestida generalmente con remera blanca y jeans, sin tacos, me la encuentro a cada bar o restaurante que voy en San Isidro, en Acassuso y en Martínez. Las primeras veces la veía con dos chiquitas, que estimo que serían sus hijas. Después, sola. El domingo pasado la encontré con un hombre (¿el marido? ¿el novio? ¿un amigo? ¿el amante?). Apostaría que ella ni me registra, pero por alguna razón -no tiene ningún aspecto físico que sobresalga; tampoco me atrapa su belleza- la primera vez que la vi la retuve en mi memoria fotográfica. Creo que porque sus hijas gritaban más de la cuenta. ¿O porque ella hablaba en voz alta a través de su teléfono móvil? Por algo le hice click.

Lo mismo me pasa, aunque con menos frecuencia, ya que el primer encuentro no ocurrió hace mucho, con otra señora. Ella es mayor de edad a la anterior, calculo que una edad cercana a la mía, sobrevolando o superando los 60. Al primero que fotografié en realidad fue a -¿su esposo?- un tipo aún mayor, muy pintón, con mucha onda, vestido siempre con unos pantalones coloridos, un pañuelo en el cuello y sacos elegantes. Lo miré porque creí conocerlo. Suceso erróneo. Y me quedó la mujer, a la que archivé mentalmente por su look: alta, flaca, canosa, sin una gota de pintura, totalmente al natural, con la piel rojiza, con una larga trenza hecha con su pelo y con enormes ojos claros. Siempre vestida con unos jeans amplios, una remera y zapatillas deportivas. Los primeros encuentros fueron con los dos. Luego, las apariciones continuas fueron de la señora: en distintos bares, por la calle y una vez en el tren. La última vez se había cortado la trenza, pero el resto seguía igual: elegantemente informal. De ella, como la anterior, me pasa lo mismo que con aquella de mujer mi adolescencia: espero encontrarla cada vez que salgo. Es más: cuando pienso que las puedo cruzar, ¡zas!, aparecen.

Pero lo más fuerte en esto de las apariciones me ocurre con un hombre bastante menor que yo. Debe rondar los 30 años, no más. No nos parecemos en nada físicamente. Él es alto, musculoso, piel muy blanca y pelo enrulado entre rubio y pelirrojo. La primera vez que lo fotografié en mi cerebro fue en una estación de servicio sobre la avenida Libertador, en Acassuso. Tengo un tema con la gente que no se baja del auto cuando le llega el momento de cargar nafta. Me genera una molestia tal que no puedo evitar mirarla aunque sea una vez con cierto rechazo. Me parece una falta de respeto hacia quien está a cargo del surtidor, que no sólo tiene que abrir el tanque de nafta, sino que tiene que llevar la boleta para que firme o para cobrarle. ¿Tanto cuesta bajarse unos minutos? Pero bueno, es una cuestión mía que debería evitar. Lo cierto es que este hombre no se bajó del auto y entonces le hice una tomografía de su cara y del auto. Y me quedó grabada. A partir de ahí, me lo empecé a cruzar en varios lugares: por la calle, en el supermercado, en restaurantes y en bares. Siempre solos los dos. O, por lo que recuerdo, a él nunca lo vi con alguien. Pero lo más fuerte que ha venido pasando en los últimos tiempos es que los dos hacemos lo mismo: vamos en bicicleta al mismo bar, llevamos una mochila parecida, solemos pedir lo mismo y siempre estamos leyendo. Él libros y diarios; yo sólo libros. Él se sienta afuera y yo, adentro. El otro día pensaba: es como mirarme al espejo, pero con otros rasgos, con otro físico, con otro pelo y, claramente, con otra edad. Creo que éste sí es mi doble. O quizá yo sea el doble de él.

Uno de los momentos más lindos de mis días es cuando encuentro un rato para irme a un bar a leer. He aprendido a disfrutar de mi compañía, algo que agradezco que haya aparecido a esta altura de mi vida. El otro día, cuando del otro lado de la ventana veía a este chico de rulos que repetía mi rutina, creo que llegué a hablarle en voz baja. Más que mi doble, pasó a formar parte de mis rutinas. Y como a aquella mujer de hace unos 25/30 años, nunca le voy a preguntar algo. El día que crucemos una palabra, se romperá el hechizo de las apariciones. ¿Acaso no es raro lo que me pasa? ¿No es raro, no? ¿No?

El paraíso

Jorge Luis Borges dijo alguna vez que siempre había imaginado al paraíso como una biblioteca. Es un concepto hermoso del paraíso. Me gustaría tener una biblioteca mayor a la que tengo, aunque, debo admitirlo, es profusa en libros de todo estilo. Muchos los heredé de mi padre, que también era un enamorado de su biblioteca. Recuerdo al señor librero, un español, que venía al menos una vez por mes a casa a vender libros y enciclopedias, maravillosamente encuadernadas. Mi padre me decía que al entrar a la casa de alguien, lo primero que debía hacer era mirar su biblioteca. Si no había libros, salía un prejuicio. Pero me pasa algo más con mi biblioteca: cuando me pongo a revisarla -tengo dos: una en el living y otra en mi cuarto; es un departamento de dos ambientes pequeños- me angustia ver que hay varios libros que nunca leí. Algunos ni los abrí. Unos pocos no sé porqué los tengo. Entre los que voy comprando y me van regalando, aquellos siguen postergados. El año pasado adelanté bastante: leí veinticinco. En lo que va de 2018, ya voy por el cuarto. Pero siento que no me alcanzarán los días para leerlos todos. Lo mismo me ocurre cuando entro a una librería. Hay tantos libros que me quiero llevar y que quiero leer, que no me dará la vida para cumplir con ese deseo.

En realidad y más allá de mi amor por los libros, hay un espíritu inconformista y compulsivo en mi dentro, sobre todo en las compras y en los negocios de ropa, pero ese es otro cantar. Porque lo mismo me pasaba cuando entraba a una disquería -en pasado, porque ya casi no hay, y en general están dentro de las librería- y quería llevarme todo. Spotify, en ese sentido, ha sido uno de los mejores inventos de la historia, aunque comprendo la queja de varios músicos al respecto de las regalías de sus obras. Spotify es, volviendo a Borges, como una especie de biblioteca de Babel de la música. Ahí sí siento que me alcanzarán los días para escuchar todo lo que quiero, porque, además, yo voy escuchando música todo el tiempo: caminando, corriendo, en el subte, en el tren, en el auto, en mi casa. En cambio, para leer necesitamos estar quietos en algún lugar. En general leo en mi casa, en un bar o en el tren. Y así como con la música recurro a todos los adelantos -esos parlantitos bluetooth son maravillosos- y a lo de antes -tengo discos y una bandeja que era de mi padre-, en los libros nunca me pude adaptar, al menos hasta ahora, a leerlos en otros dispositivos. No salgo del papel.

Más allá de todas estos divagues, siempre imaginé al paraíso como una playa con mar. Quisiera terminar mis días en un lugar así. Ahora mismo lo estoy disfrutando en la maravillosa costa esteña de la República Oriental del Uruguay. La playa es un lugar especial. Se me ocurre que no hay otro espacio donde se puedan hacer tantas cosas como en una playa. Ahí nos sentimos libres desde la infancia hasta la ancianidad. En una playa uno va como quiere, puede comer, beber, mirar, tomar sol, disfrutar de las nubes, caminar, correr, jugar al fútbol, al voley, al tenis, a las cartas, a los dados, al bridge, a la paleta, al tejo, a la tocata de rugby, a cualquier deporte náutico. En una playa se puede amar, besarse, hacer el amor, dibujar un corazón en la arena, caminar abrazados o agarrados de la mano. En una playa se puede leer, escuchar música, bailar, conversar, cantar, gritar. En una playa, en verano, estamos casi desnudos y nada nos importa. Bronceados, volvemos a nuestros lugares más bellos de lo que nos fuimos. En una playa podemos pasar todo el día; ver cómo el sol sale y cómo se va.

Hoy estuve en la playa leyendo un libro y escuchando música. Hoy me sentí en el paraíso. No lo imaginé. Lo sentí. Y lo he disfrutado tanto que me vine a escribir estas líneas

¿Están ahí para festejar?

Cuando ingresé al programador del blog sentí como si estuviese abriendo una caja en la cual se guardan los mejores recuerdos. Es una sensación de bienestar, porque viene a concluir con un tiempo largo sin haberme acercado a visitar o a observar mi Vestidor. Veo, antes de ponerme a escribir, que el último post ocurrió el 11 de noviembre; hace un mes y 20 días. Creí, sinceramente, que había sido más para atrás. Tengo como borrados los últimos cuatro meses, producto de un cansancio físico y mental, de un hastío de montones de situaciones cotidianas -de mi oficio, entre ellas- y de una crisis laboral en cuanto a mi lugar y a mi futuro. Tanto estuve bloqueado que en mi imaginación, cuando me planteaba retomar el contacto con El Vestidor, dibujaba en mi mente arrancarlo así: «Estoy cansado». Pero, por suerte, pasaron los días y se fueron yendo las nubes y los diálogos de mi cabeza gracias, vale remarcarlo, a que pude pedir ayuda a tiempo a mis grupos de pertenencias y a profesionales. El viernes, cuando iba a mi casa sabiendo que el año laboral se terminaba al menos hasta febrero, el cuerpo se me derrumbó de felicidad y los conductos tapados se fueron abriendo de a poco. Y aquí estoy, escribiendo, a minutos de terminar 2017 y de empezar otro año en la playa, como la vida me viene regalando desde hace varios años. Esta vez, en Pinamar.

La confusión general que me abordó en estos últimos meses me llevó a replanteos tan extremos que hasta alcanzaron este blog. ¿Sirve de algo que yo escriba acá? ¿Esto es periodismo? Tuve que recurrir al primer post para recordarme que aquí me propuse otra actividad. Escribo porque me gusta y si vienen a leerme, mejor. Pero no pierdo el objetivo: trato de que quede algo. Eso espero.

Hacía bastante que no llegaba a esta altura de diciembre tan agotado mentalmente, pero he pasado fines de año muchos peores. Y en este tiempo de recuperaciones puedo ver el vaso lleno. ¿Tengo una crisis con el periodismo y con mi trabajo? Sí. ¿Tengo otra crisis con que empecé a caminar hacia los 60 años? Sí. ¿Es eso importante al lado del inventario global del 2017? No.

Unos días atrás, mientras la cabeza me estalllaba y el nivel de enojo me aumentaba, un simple hecho me cambió el escenario: me paré frente a mi biblioteca y conté cuántos libros leí este año. Fueron veinticuatro y estoy terminando el veinticinco. Soy un privilegiado por eso, por haber podido abordar desde Gay Talese hasta Almudena Grandes; desde Arturo Pérez Reverte hasta Ana Garland; desde Leonardo Padura hasta Chuck Palahniuk; desde Henning Mankell hasta Martín Sivak. Fue entonces cuando empecé a ensayar otros repasos de lo que hice en este año:

* Trabajé de lo que me gusta (aunque ahora esté en disgusto).

* Casi no me enfermé.

* Amé, gusté, hice el amor, admiro la belleza.

* Viajé por placer. A España y a Nueva Zelanda a darme uno de los gustos de mi vida: ver a los Lions. Y contra los All Blacks. Estuve en uno de los partidos más importantes de la historia.

* Sigo limpio de todo.

* Celebré maravilosas cenas con amigos de la vida. La última, hace un par de semanas, en CUBA, me reencontré con algunos que llevaba años sin verlos. Fue mágico.

* Escuché música (siempre lo hago desde que tengo uso de razón), vi excelentes documentales y películas, fui a museos, caminé y caminé, me metí al mar, empecé el año en Punta del Este con amigos.

* No leí diarios, no vi noticieros, no vi televisión. Leí nuevos medios, leí a periodistas que escriben por su cuenta. (Una mala, a veces me enajeno con las redes sociales).

* Me fui feliz y dejé en mejores manos el blog (periodismo-rugby) que
fundé en septiembre de 2006.

* Tengo libertad. Tengo a mi hijo. Me tengo a mí.

Entonces, aquel comienzo de «estoy cansando» se fue diluyendo como el ácido que se va por una alcantarilla. Aquí estoy, escribiendo en un blog que inauguré este año, en el último día. Con un poco de vergüenza (mis viejos tics periodísticos) de escribir sobre mí. Pero bueno, a eso vine a El Vestidor. Lo volví a abrir en las últimas horas deel 31 de diciembre. Voy a ponerme algo lindo y a levantar la copa para festejar. ¿Están ahí para que lo hagamos juntos? Gracias

Ciencia hay una sola

Algo muy bueno de los últimos tiempos: nos hemos acercado a la ciencia. Ya no la vemos con algo sólo para unos genios, sino que esos genios la han bajado al gran público. Uno de los grandes difusores son los autores del blog El gato y la caja. Y publicaron este muy buen texto sobre las vertientes y atajos a la ciencia política. En realidad, todo tiene que ver con la ciencia y es extraordinario amigarse con ella para entender las distintas realidades

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