de Jorge Búsico

Categoría: PERIODISMO (Página 1 de 3)

02/04/1982

El viernes 2 de abril de 1982 llegué a la agencia Diarios y Noticias (DyN) a las 7 de la mañana para cubrir mi turno matutino, que se extendía hasta las 13, en la sección Deportes. La agencia había comenzado a funcionar el 15 de marzo y yo tenía una mezcla de altas expectativas, nervios y autopresión, ya que deseaba trabajar ahí, una redacción con excelentes periodistas y un director honesto y valiente (Horacio Tato). Con la mayoría de ellos había compartido otra agencia, Noticias Argentinas (NA), en 1978-1979, en mis primeros pasos en el oficio de periodista. Tato, a quien admiraba, no me tenía mucha confianza, por lo cual esos primeros días los vivía con tensión, poniéndome a prueba en cada línea de cada cable que escribía. En Deportes éramos sólo cuatro: mi amigo de la vida, Ezequiel, estaba al frente y me había convocado; con los otros dos, Adrián y el Rolo, habíamos sido compañeros en NA y en Goles Match. Salvo en una parte de la tarde, cubríamos uno solo los tres turnos: mañana, tarde y noche. En el viaje en colectivo, esa mañana, iba pensando en cómo armar los anuncios de la actividad deportiva del sábado, qué les podía adelantar al que estaba a la tarde y en pedir el DDI, el teléfono de discado internacional, para hablar con algún Puma, ya que al otro día iban a jugar, como Sudamérica XV, contra los Springboks, en Sudáfrica. Tenía 23 años, así que también, seguramente, imaginaba las salidas por la noche del fin de semana.

Cuando entré a la redacción, a las 7 de la mañana de ese viernes 2 de abril de 1982, el jefe de turno, el Gallego Fernández, no me dejó ni llegar a mi escritorio: “Andate ya a la calle. Tomaron las Malvinas. Llamame  con todo lo que vayas viendo así armamos los boletines, y al mediodía volvete a escribir el cable”. No me dio ni tiempo de preguntarle algo; me entregó un puñado de cospeles y, firme, me volvió a decir: “Dale, andá que hoy será un día de locos”. En la redacción no éramos a esa altura del día más de 5 personas.

Recuerdo una mañana soleada, de poca actividad a esa hora y también me recuerdo no entendiendo nada de lo que estaba pasando. Enfilé rumbo a la Plaza de Mayo, ya que la agencia estaba a cuatro cuadras. Caminé por la Diagonal Sur mientras pensaba que en mi círculo, familia y amigos, nunca se había hablado mucho de las Malvinas. O eso creía. Quizá se hablaba y yo no lo registraba. No lo sé aún hoy. Mis primeros dos llamados desde teléfonos públicos alrededor de la Plaza fueron para decirle al Gallego que no se observaban movimientos y que apenas dos o tres personas sabían que los militares habían tomado las Malvinas. En ese momento del viernes, cerca de las 8 de la mañana, todavía no existía la conciencia de que estábamos en guerra y contra el poder del Reino Unido.

Todo me parecía una locura. Tres días antes en esa misma plaza, miles y miles de personas convocadas por la CGT habían ido a manifestarse contra la dictadura. La represión, como signo cruento y horroroso de ese período, fue brutal. Con Ezequiel y Alejandro Lomuto íbamos ese 30 de marzo de 1982 desde la agencia rumbo a la Plaza, cuando pasó un Falcón verde sin patente, con un hombre vestido de civil salido de la ventana y apuntándonos con un arma larga. Ezequiel atinó a decir “somos periodistas”, y los tipos, servicios de inteligencia, siguieron de largo. Todavía me dura el miedo cuando lo cuento.

A eso de las 10 de la mañana, la gente se empezó a agolpar frente a los negocios de la avenida de Mayo, que sacaban los parlantes a la calle para escuchar las noticias que daban las radios. Tiempos sin internet, no había otro modo de informarse si uno estaba en la calle. Llamé al Gallego y le conté todo lo que estaba viendo, que la gente estaba alegre porque “se recuperaron las Malvinas”. Volví a la agencia, escribí el cable y me quedé para completar la información deportiva, que, por supuesto, había quedado al margen.

En aquel entonces también trabajaba en la revista Goles, que había recuperado ese nombre original después de la experiencia de Goles Match entre 1979 y comienzos de ese 1982. Aquella redacción brillante había sido descabezada y tomada por el almirante Lacoste, el hombre fuerte del deporte en la dictadura, sobre todo en el Mundial de 1978. Lacoste había llamado un tiempo antes al director de la editorial –Abril- para decirle que si no lo echaba al jefe de redacción de la revista, ponía una bomba en el edificio. El jefe de redacción se tuvo que exiliar en España.

Ese viernes, desde DyN me fui a Goles, y allí se olía algarabía por lo que estaba pasando. Recuerdo, vagamente, cómo uno de los nuevos jefes, hombre de Lacoste, obviamente, me pidió que arme algo con el rugby y las Malvinas. Todo iba a girar alrededor de eso de ahí en más.

Ese viernes 2 de abril de 1982 también pensé, en medio de tanto trajín, en mis amigos. Somos de la camada 1958, la primera que hizo el servicio militar a los 18 años. Pertenezco al feliz grupo que se salvó por número bajo, pero otros no sólo la hicieron, sino que los volvieron a llamar por el conflicto con Chile por el Beagle -¡qué época monstruosa!- y temía que los convocaran de nuevo. Afortunadamente no pasó. Increíble: a los 18 años no podías votar, pero sí ir a una guerra. Teníamos 23 años y nos habíamos pasado buena parte de la infancia y adolescencia con Golpes de Estado y censura. Una herida que llevará décadas de democracia en cerrar.

En DyN se supo pronto que la guerra se perdía, que no había modo de ganar y que todos los comunicados que emitían las Fuerzas Armadas contaban un bajo porcentaje de lo que realmente ocurría. Pero los diarios, la TV y la radio se hacían eco de esos comunicados. “Vamos ganando”, titulaba la revista Gente, que vendía un millón de ejemplares por semana. Los medios instalaron un clima de euforia y triunfalismo. Engañaron a la gente como se los pedían los militares. Ahora le dicen fake news; ya eran expertos en eso. Así pasó que señoras grandes donaban las pocas joyas que les quedaban, mientras que familias enteras depositaban el dinero que no tenían para ayudar a los soldados. Los militares no sólo mataban; también eran especialistas en robar: bebés; muebles, viviendas y terrenos de la gente que secuestraban; todo lo que se recaudaba por Malvinas.

Cuando me juntaba con mis amigos y les decía que todo era mentira, que los ingleses nos estaban aplastando, no me creían. Les daba datos de lo que llegaba a la agencia, pero me decían que estaba equivocado. Era grande la frustración. La prensa nunca hizo un mea culpa, nunca reconoció su apoyo abierto a los militares. De hecho, los columnistas políticos de principales los diarios en la época de la dictadura son los mismos que están ahora, 45 años después.

Vino el Papa Juan Pablo II, vino el Mundial de España con la selección defendiendo el título y con Maradona. En menos de seis meses, DyN había vivido una guerra, una visita del Papa y un Mundial de fútbol. Hubo que esperar más de un año y medio para que el horror de la dictadura se terminara

Radio de mi corazón

Una de las mejores cosas que hice durante la pandemia fue haberme comprado una radio. Un día escuché fuerte el silencio que había en el departamento. Era cuestión de días para saber cuándo me iban a contestar las paredes. Mi equipo de música, que contiene la radio y que le da movimiento a la bandeja giradiscos, había dejado de funcionar. Transcurrían los primeros tiempos de la cuarentena estricta, por lo cual era impensable que algún humano viniese a arreglarlo. Probé con la radio en la computadora, pero la que tengo emite un sonido metálico imposible de aguantar más de una hora. La televisión no me atrapa. Aburrido, una noche le pasaba el dedo casi sin mirar a las fotos en Instagram cuando vi la propaganda de Spica, la marca que es un sinónimo de radio, sobre todo para los futboleros. No estaba en ese entonces acostumbrado a comprar por Internet, pero no lo dudé: tecleé los números de la tarjeta de crédito, y me entregué. Al día siguiente tocaron el timbre y era un hombre que venía a traerme la radio. Bajé y subí por el ascensor los 11 pisos con el corazón acelerado, y abrí la caja con el entusiasmo de la niñez cuando llegaba Papá Noel. El sentimiento se repitió cuando la vi; fue, efectivamente, como volver a la niñez. Hacía añares que no tenía una radio a transistores. Esas que la llevás de un lado a otro, que te la pegás a la oreja cuando no querés que escuchen los otros, que a veces tenés que buscar un lugar donde sintonice mejor. Desde ese día, está prendida todo el tiempo en el que estoy despierto. Bah,  muchas veces me duermo con ella encendida.

Buena parte de mi vida está asociada a la radio. Fue la primera que me despertó el gen del periodismo. Desde chico escuchaba a través de ella los partidos de fútbol los domingos y las peleas de boxeo en el Luna Park, los sábados a la noche. Los partidos imaginarios, con chapitas, muñequitos o figuritas, alrededor de un estadio (mi cama tenía un borde negro de metal, por lo cual con tiza blanca pintaba las publicidades), contenían mi relato. Como también relataba los partidos que se jugaban en las plazas. Imitaba a Muñoz, a sus comentaristas (Néstor Ibarra, Julio César Calvo, Zavatarelli, Julio Ricardo), a Lujambio y Roberto Ayala, a Cacho Fontana. “Y viene el gol, y viene el gol”. Iba repitiendo, mientras los escuchaba, los relatos de Cafarelli y los comentarios de García Blanco. “¡Caen los cortinados!” Los maestros Ulises Barrera y Ricardo Arias. Ahí también se mezcla, por un rato, la televisión, con los partidos del viernes a la noche y el domingo. Horacio Aiello y Oscar Gañete Blasco. “Desde la izquierda de su pantalla, señora…” ¡Atento Fioravanti!

En la primera parte de la vida, niñez y casi adolescencia, el vínculo fue exclusivamente con el deporte. Se suele decir, con absoluta razón, que la radio es compañía. También la relaciono con la imaginación, con la fantasía. Tiempos sin la TV tal como la conocemos (4 y después 5 canales, blanco y negro, escasa programación) y, obvio, sin Internet. Para saber cómo había sido un partido o un gol teníamos tres fuentes: El Gráfico, la radio y el diario, pero este era para los mayores. Si el relator decía que la pelota había entrado por el ángulo derecho, uno tenía que imaginar el resto de la jugada, porque el comentarista te contaba el final. Y dependiendo de la intensidad del relator (yo escuchaba a Muñoz, más de chico a Fioravanti), cuando te decía que pasaban la mitad de cancha para el lado del arco de tu equipo (River), empezabas a temblar. Si no ibas a la cancha, dependías de ese relato.

Y si ibas, también. Mencioné que la Spica tenía que ver con el fútbol porque era la radio más vista en la cancha. La radio formaba parte del equipaje a llevar. Era algo así: no podías ir a la cancha sin radio. Mi tío Tito, quien me empezó a llevar a ver a River desde los 6/7 años, portaba siempre la Spica de estuche de cuero marrón (ahora salió una edición vintage; la busqué, pero está agotada). Y lo más increíble es que escuchaba a River. O sea, escuchaba el partido que estaba mirando.  Los que no tenían radio podían pedirle a los que sí quién había tirado el centro o quién había hecho el gol si no lo pudo adivinar en el medio del tumulto del festejo. También podían preguntar el resultado de los otros partidos. O el de ellos. Cuando uno preguntaba “¿cómo van?”, no había necesidad de explicar a qué equipo se refería. El otro contestaba, bajo el mismo código: “empatan”.

Nunca llevé una radio a la cancha. Cuando me tocó ir con mi hijo, en los finales de la década de 1990, ya no te dejaban entrar con ella. La consideraban un “objeto contundente”. ¿Cuántas radios habrán volado al campo de juego? Miles. Pero en las plateas San Martín y Belgrano todavía se puede ver a los de 70 y 80 años con sus radios y auriculares. Es una postal del fútbol. La radio pegada a la oreja. Irse del estadio escuchándola; caminando, en el colectivo, en el tren o en el auto. Escuchando los goles, las declaraciones de los protagonistas, los resultados del campeonato y de otros deportes. El tenis con Moro o Salatino, el rugby con Nicanor González del Solar. La Oral Deportiva, la Cabalgata Deportiva Gillette.

El domingo era radio. Mis recuerdos tienen que ver con los chirridos de las transmisiones de automovilismo. El avión, los boxes, las miles de marcas de patrocinantes que salen al aire, los gritos, el ruido de los motores, las conexiones con las otras categorías. Aunque nunca fui fan de los fierros, salvo la Fórmula 1, que, apasionado, me despertaba temprano para seguirla por televisión. ¡Si habré llorado por el Lole Reutemann!

De la adolescencia en adelante, en mi matrimonio con la radio apareció la música. Modart en la Noche, Flecha Juventud, Las Noches de Crandall. Junto a los partidos y las tiras de deportes a la noche, antes de la cena. Después me encerraba en mi cuarto –hijo único- con una Noblex que tenía; enchufaba los auriculares, subía el volumen al máximo y así me quedaba durmiendo. Imaginando quién cantaba, cómo era el grupo, aprendiendo las letras y dándole rienda especialmente a la fantasía romántica, muchas veces tan dañina como la nostalgia.

Mi familia siempre escuchó radio. La recuerdo de fondo en la casa de mis abuelos. Mi padre trabaja de punta a punta con ella prendida de fondo y mi madre la tuvo como gran compañera hasta el fin de sus días, sobre todo después de la muerte de mi padre. En mi casa se veneraba a Cacho Fontana y al Negro Guerrero Marthineitz. Y se rememoraban los radios teatros con Nini Marshall.

Si Muñoz fue a quien más escuché antes de entrar en el periodismo, Juan Alberto Badía fue su espejo con la música. Más Nora Perlé, el peruano Pedro Aníbal Mansilla, Graciela Grace Mancuso, Nucha Amengual, Betty Elizalde. Soy de la generación que vivió los albores de la FM. Tengo un recuerdo imborrable de esas noches de encierro con auriculares: estaba escuchando música y, de repente, se interrumpió la transmisión para avisar que habían matado a John Lennon. Me quedé petrificado.

Cuando empecé al periodismo, la radio fue una compañera de redacción. Para armar un boletín con una noticia de último momento, o para seguir y anotar cambios y goles de un partido en el que no teníamos a nadie cubriéndolo. Una noche, en medio de un cierre caótico en Noticias Argentinas, me tocaba redactar, con crónica y síntesis, 3 partidos que debía seguirlos por radio. Dos salieron con otro resultado. A uno, le puse el del otro, y viceversa.

Al deporte y a la música le fui agregando algunos programas periodísticos, pero la cuestión era que después de tanto que había relatado imaginariamente y que había creado esa conexión, quería ver cómo era trabajar en radio. Era, de algún modo, mi sueño, más que el periodismo gráfico. Terminó siendo una mala experiencia. Mi primera vez no podía ser mejor: en Radio del Plata, mi favorita en las noches de música. Más aún: la radio quedaba a cuatro cuadras de mi casa. Fui a hacer un reemplazo por la mañana del entrañable Negrito Juvenal. Le fui sincero cuando me lo ofreció: “Negro, siempre quise que me llamaran para hacer lo que vos hacés”, que eran unos micros de deportes que salían en el informativo cada media hora. No resultó, no me adapté y hasta me terminaron mirando mal. No veía la hora de que vuelva el Negro. Pero me llevé un trofeo: charlas con Manito  Mansilla, aquel que seguía desde Modart en la Noche.

Opté por no volver a probar, aunque estuve en otros programas y, con el tiempo, me sentí algo más cómodo. Me fue mejor en la TV, pese a mi tremenda vergüenza a la exposición y a los prejuicios que tengo con ella.

Cuando me casé y me mudé a San Isidro, la radio pasó a ser la compañera en el auto. Aún hoy la prendo antes de arrancar. Música y, si es domingo, fútbol. Amo ese sonido que traen las transmisiones de fútbol. Disfruto incluso más el antes y el después de cada partido. Y durante la semana, un embotellamiento, que siempre hay uno, se soporta sin nervios transportándose con la música. Mi radio desde hace años es Aspen, 102.3. Está clavada ahí en el auto. A veces, aunque más en otros tiempos, me voy a Rock&Pop, Metro o Blue.

La radio también es la gran compañera cuando suceden hechos importantes. Está esa frase que es muy cierta: pegado a la radio. Y en esta historia no pueden faltar el Maestro Ariel Delgado y Radio Colonia. Otros maestros: Antonio Carrizo (sus charlas con Borges en Radio Rivadavia son de colección), Héctor Larrea, Mareco, Enrique Alejandro Mancini, Lalo Mir, Aliverti, Julio Lagos, el Tero Martínez Puente. Se me deben escapar algunos.

Tengo al alcance de mi mano en una de las bibliotecas, al costado del escritorio, una joya: Días de Radio, el libro que escribieron dos maestros, Carlitos Ulanovsky y el Nene Juan Panno, la entrañable Marta Merkin y la querida Gaby Tijman. Al lado tengo otro de Carlitos, sobre la historia de Radio Nacional. En Días de Radio, Ulanovsky (¡qué pena que se haya ido de TEA y Deportea!) escribe: “Ahora, a la distancia, me parece que me pasaba el día escuchando radio”. Me pasa.

Mañana, jueves 27 de agosto, se cumplen 100 años de radio en la Argentina. Enrique Susini, Miguel Mujica, César Guerrico y Luis Romero, que tenían entre 18 y 25 años, fueron los pioneros y a quienes los llamaron “Los locos de la azotea”. Este, de alguna manera, es una especie de homenaje a una compañera de tantas y tantas horas de mi vida. Con ella aprendí equipos de distintos deportes, ciudades, países, canciones, grupos, cantantes. Con ella me enteré de acontecimientos históricos, y con ella soñé y soñé.

El año pasado me mudé y volví al centro, al barrio de mi infancia. Dejé de usar el auto para ir a trabajar y, entonces, la radio perdió en mí la frecuencia habitual. Porque la radio del equipo de música empezó a fallar hasta que un día dijo basta en plena cuarentena. Entonces, cuando escuché fuerte el silencio en el departamento, hice una de las mejores cosas en la pandemia: me compré una radio. Está acá atrás, sonando, acompañándome mientras escribo este texto. Siento que siempre estuvo ahí

Hiroshima

Se están cumpliendo 75 años de uno de los actos más cobardes y horrendos que ha cometido la especie humana. Un 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica. Lo hizo sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, matando a más de 100 mil personas y dejando secuelas físicas y mentales a una cifra incalculablemente mayor. En septiembre del año pasado tuve la conmovedora experiencia de visitar Hiroshima y de recorrer su imponente Parque de la Paz, un lugar bello y prolijo como todo espacio verde en Japón, y que contiene, entre otros monumentos, dos especiales: la Cúpula de la Bomba Atómica,  que fue el Centro de la Exposición  Industrial  y cuyas paredes quedaron en pié, y el Museo Conmemorativo de la Paz, el edificio que guarda el registro de lo que pasó ese día a las 8.15 de la mañana.

Si el viaje a Japón me dejó un sabor a satisfacción que todavía conservo, la posibilidad de ir a Hiroshima es algo que agradeceré toda mi vida. Se los debo a mi profesión de periodista y al rugby, que me animaron, a los 61 años y con un largo recorrido encima, a trasladarme al Asia por primera vez, a volar durante más de un día y a trabajar con el horario cambiado. Fue una de las mejores decisiones que tomé. El Mundial, adonde fui para cubrir para La Nación y TNT las alternativas especialmente de los Pumas, me llevaba, al menos en la primera rueda, a Tokio y a Osaka, con varios huecos entre partido y partido, lo que nos permitía, al menos en esos primeros 20 días, recorrer varias ciudades de Japón a través del Japan-rail pass, un boleto que a cambio de unos 450 dólares por 15 días habilitaba a subirse a cualquier tren en cualquier horario y día. En el itinerario turístico, Hiroshima estaba primera en la lista. Escucho sobre ella desde que tengo uso de razón, pero, como siempre ocurre, todo lo que uno leyó, oyó o  vio durante tantos años cobra otra dimensión cuando se llega al lugar de los hechos.

La mejor alternativa que tenía para ir a Hiroshima era mientras estaba en Osaka, donde los Pumas se alojaron durante varios días para su partido con Tonga. Viví, como en todo el torneo, en el mismo departamento que Alejo Miranda, mi compañero de La Nación. Con él programamos el viaje, y una mañana soleada y calurosa de septiembre abordamos el tren bala (Skinkansen), que tardó dos horas para recorrer 330 kilómetros. En la estación JR nos indicaron –con la amabilidad, paciencia y precisión que se encuentra en todo Japón- que la mejor opción era, porque además estaba incluida en el boleto, la del Hiroshima Bus. Tras 20 minutos y cuatro paradas, nos bajamos en Heiwa-Kinen-Koen, el lugar del Parque de la Paz. En el trayecto tuvimos un pantallazo del centro de la ciudad, amplia y esplendorosa, aunque no con el lujo de Tokio, Osaka o Yokohama, por citar las más importantes.

Cerca de las 10 y media de la mañana, y cuando el calor ya empezaba a sentirse, lo primero que vimos al bajar del colectivo fue el esqueleto del edificio que sobrevivió a la bomba. La Cúpula de la Bomba Atómica, también conocida como la Cúpula Genabku, está ahí, inmóvil, cuidada, blanca, bordeada por hierros quemados, rodeada de verde y resguardada como memoria activa después de más de siete décadas. Al edificio lo construyó en 1915 el arquitecto checo Jan Letzel. La cúpula y las paredes no se derrumbaron como el resto de la ciudad por una sola razón: la bomba –a la que los norteamericanos apodaron siniestramente “Little boy”- estalló 600 metros justo encima de ellas, y como la onda expansiva se produjo hacia los costados, tal como cuando se abre un paraguas, la destrucción no las alcanzó. Ese bloque de cemento y acero tiene voz. Hay silencio, pero se lo escucha gritar.

Seguimos caminando. El corazón se agita, cuesta conseguir el aire, y no se debe solo al calor que cada vez se pega más a la piel. Al fondo del amplio parque está el Museo Conmemorativo de la Paz, moderno y austero. Todo en una sola planta. Se empezó a construir en 1949 y fue sumando salas y refacciones hasta la última reinauguración, en abril del año pasado. El ingreso es como cualquier gran museo del mundo: una sala amplia donde se recogen los folletos, se paga la entrada, se contratan las audioguías, y se puede tomar un café o un té. Pero no bien uno sale de lo formal, ya es recibido por el primer gran estremecimiento: una maqueta con forma de burbuja proyecta una vista de lo que fue la masacre. A la altura de la cintura de alguien de 1.70 metro se ve la ciudad como estaba a las 8.14 de ese 6 de agosto. De pronto, empieza a formarse una nube negra. Es la bomba que está cayendo. La luz se expande, estalla, y, en apenas segundos, lo que se ve es ese mismo terreno totalmente devastado.

Me quedé petrificado no sé cuánto tiempo mirando la misma secuencia. Cuando levanté la vista había distintos grupos con la misma mirada de angustia. Unos chicos australianos, una pareja francesa, varios orientales. Ahí se inicia el recorrido. La siguiente imagen es otro golpe de nocaut. Es una foto en blanco y negro tomada a las 11 de esa mañana. Es un grupo de chicos, desorientados, desolados, con las ropas ajadas y calcinadas. La foto es borrosa, como si estuviera fuera de foco. Desde la audioguía la voz nos indica que son las lágrimas del fotógrafo que cayeron sobre su lente. El fotógrafo es Yoshito Matsushige, quien esa misma mañana, a 200 metros del epicentro, tomó otra imagen del horror: una mancha negra que dejó alguien que estaba sentado en las escaleras de la entrada de un edificio.
Esa primera parte lleva como título “La devastación del 6 de agosto”. Luego sigue la de los daños producidos por la radiación. Fotos de hermanos que perdieron el pelo, otros con malformaciones, familias destrozadas. En el pasaje llamado “Gritos del alma” aparecen lápices, libretas, uniformes, triciclos, fotos, gorros, cartucheras, objetos que se fueron encontrados. También se exhiben otras fotos con la gente, sedienta, tomando el agua con cenizas que caía del cielo, sin saber que era peor aún. El recorrido es bajo una luz tenue y un silencio incómodo que nadie se atreve a alterar. Por momentos sentía que la angustia me mareaba.

Sobre el final del recorrido se representa la historia de Sadako Sasaki. Tenía 2 años el día de la bomba. Toda su familia murió. Ella se salvó porque la explosión, registrada a casi 2 kilómetros de su casa, la despidió por la ventana. Sadako encontró otra familia, fue al colegio, se empezó a destacar en los deportes, y, con ello, se transformó en un símbolo de la vida después de la muerte. Pero a los 11 años le diagnosticaron leucemia. Por ella, los médicos detectaron que esa misma enfermedad, producto de la bomba, estaba afectado a otros cientos de niños. Sadako murió a los 12 años. En las paredes están las fotos con el andar de su corta vida. En la última yace en el cajón, con la cara limpia y serena. No lo soporté. Me largué a llorar. Lloré y lloré durante largos minutos.

En honor a Sadako, en el Parque hay un Monumento a los Niños. Y hay una Llama de la Paz, encendida el 1° de agosto de 1964 y que se apagará una vez que no haya más armas nucleares en el mundo. También se levanta un muro en homenaje a las víctimas. Y hasta ondea una bandera de los Estados Unidos.

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Unos meses después de concretada la masacre, la revista The New Yorker, por la que han desfilado los mejores escritores y periodistas de los Estados Unidos, envió a John Hersey a Hiroshima para que retrate lo que había ocurrido. El resultado fue un número dedicado exclusivamente a ese tema, y la crónica de Hersey, directa y basada en hechos y datos reales, significó en su momento un paso adelante en las notas periodísticas en revistas. Hoy, The New Yorker reedita aquellos artículos.

Hersey centró su crónica publicada el 24 de agosto de 1946 en seis sobrevivientes, a los que entrevistó después de andar varios días sobre las ruinas de Hiroshima. Así comienza su artículo:

“Exactamente a las ocho y cuarto de la mañana, el 6 de agosto de 1945, hora japonesa, en el momento en que la bomba atómica estalló sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, secretaria del departamento de personal de East Asia Tin Works, acababa de sentarse en su lugar en la oficina de la planta baja y estaba volviendo la cabeza para hablar con la chica del escritorio de al lado. En ese mismo momento, el doctor Masakazu Fujii se estaba sentando con las piernas cruzadas para leer el Osaka Asahi en el porche de su consultorio privado, de frente a uno de los siete ríos deltaicos que divide a Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina, observando a un vecino derribar su casa porque se encontraba en el camino de una línea de fuego de defensa antiaérea; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, se reclinó en ropa interior en un catre en el último piso de la casa misionera de tres pisos de su orden, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del gran y moderno Hospital de la Cruz Roja de la ciudad, caminó por uno de los pasillos del hospital con una muestra de sangre en su mano; y el reverendo Sr. Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se detuvo en la puerta de la casa de un hombre rico en Koi, el suburbio occidental de la ciudad, y se preparó para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado de la ciudad por temor a la ataque masivo B-29 que todos esperaban que Hiroshima sufriera. Cien mil personas fueron asesinadas por la bomba atómica, y estas seis estaban entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué vivieron cuando tantos otros murieron. Cada uno de ellos cuenta que lo que los libró fueron muchos elementos pequeños de azar, un paso dado a tiempo, una decisión de ir adentro, tomar un tranvía en lugar del siguiente. Y ahora cada uno sabe que en el acto de supervivencia vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En ese momento, ninguno de ellos sabía nada”.

También en TNY se rescata otro valioso texto. A fines de ese 1945, Eugene Kinkead entrevistó a Paul Warfield Tibbets, Jr., quien comandó el avión de Combate de Escuadrón 509 desde el cual se lanzó la bomba atómica. Tibbets había participado en todo el proceso de elaboración del monstruo. Sabía perfectamente qué era lo que iba a hacer. Kinkead escribe, entre el desgarro y la precisión: “Cuando se arrojó la bomba, todos estiraron el cuello para mirar la enorme nube negra que se elevaba sobre la ciudad, un efecto muy diferente de todo lo que ellos había visto alguna vez. Luego, voló de regreso comiendo bocadillos de jamón”.

Sobre Tibbets se tejieron varias leyendas. La más difundida fue que se había suicidado producto de la culpa que sentía. Todo lo contrario. Tibbets, el hombre elegido por el gobierno del presidente Harry Truman, jamás se arrepintió de lo que hizo. Y vivió hasta los 92 años, muriendo recién en noviembre de 2007. Como buen hijo de su madre, bautizó al avión desde el que se arrojó la bomba nuclear con el nombre de ella: Enola Gay. Fue su madre, Enola Gay Hazard, quien lo alentó a seguir la carrera militar.
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El Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima tiene, además del edificio principal de una planta, el Edificio Este, de 3 pisos, en el que se proyectan videos y se exhiben murales sobre el desarrollo de la bomba atómica y las armas nucleares, la historia de la ciudad y testimonios. También hay espacios para mensajes y desarrollos por la paz. Cerca de las 3 de la tarde me vi en un momento caminando sin sentido. No sabía si volver al Parque o emprender el regreso a Osaka. En el hotel donde se alojaban los Pumas había lo que se da en llamar “atención a la prensa”, que es un sinsentido para cualquier periodista que quiera hacer una cobertura seria de un Mundial y en un lugar como Japón. No había nada que hacer ahí. Había que seguir impregnándose de esto. Un periodista se nutre de estas experiencias. Nos hacen mejores. Cuando había que tomar una decisión nos miramos con Alejo. Ni lo discutimos. Nos habían recomendado la isla Miyajima, a 30 minutos de colectivo y otros 15 de ferry. Ahí fuimos.

Mientras el sol se escondía en el horizonte, pisando el mar celeste y apacible, fui tratando de guardarme en cada neurona lo que había visto y vivido. En Miyajima, adentro del mar, se levanta la puerta del santuario de Itsukushima, patrimonio cultural de la humanidad. El sol jugaba con ella mientras se iba. Es una postal. Intenté imaginarme en esa gente el 6 de agosto de 1945. En una guerra que ya estaba prácticamente terminado. En hasta dónde puede llegar la maldad humana. Agradecí lo que la vida me había dado. Y pensaba, también, que  algún día tenía que escribir sobre Hiroshima

Sitio Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima

García Márquez y los Beatles: todo lo que está bien

Sería irrespetuoso de mi parte agregarle siquiera una coma a un texto de Gabriel García Márquez. Sólo diré una vez más que fue una de mis inspiraciones mayores en el periodismo y que creía que mis semejanzas con él provenían de dos afecciones: el miedo a los aviones y la superstición. Pero releyendo un libro que me cautivó en su momento -el que ilustra este post- descubrí que existe, ¡ay fortuna!, una coincidencia más: ambos escuchamos por primera vez a los Beatles más o menos en la misma época. Entonces me animé a continuar la senda del último texto que figura en este blog publicando esta maravilla a propósito de la muerte de John Lennon, el 8 de diciembre de 1980, y que el genial Gabo escribió ocho días después.
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Sí: la nostalgia sigue siendo igual que antes

Ha sido una victoria mundial de la poesía. En un siglo en que los vencedores son siempre los que pegan más fuerte, los que sacan más votos, los que meten más goles, los hombres más ricos y las mujeres más bellas, es alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que no había hecho nada más que cantarle al amor. Es la apoteosis de los que nunca ganan.

Durante 48 horas no se habló de otra cosa. Tres generaciones –la nuestra, la de nuestros hijos y la de nuestros nietos mayores- teníamos por primera vez la impresión de estar viviendo una catástrofe común, y por las mismas razones. Los reporteros de la televisión le preguntaron en la calle a una señora de ochenta años cuál era la canción de John Lennon que le gustaba más, y ella contestó, como si tuviera quince: “La felicidad es una pistola caliente”. Un chico que estaba viendo el programa dijo: “A mí me gustan todas”. Mi hijo menor le preguntó a una muchacha de su misma edad por qué habían matado a John Lennon, y ella le contestó, como si tuviera ochenta años: “Porque el mundo se está acabando”.

Así es: la única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía. Yo no olvidaré nunca aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces descubrí que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Ángel, donde apenas si teníamos dónde sentarnos, había sólo dos discos: una selección de preludios de Debussy y el primer disco de los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres: “Help, I need somebody”. Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de la segunda letra del catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartok. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bosart. Álvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla a favor de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es un oiseau de malheur, es decir, un pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñé desde entonces, en incluir a los Beatles. Emilio García Riera, que estaba de acuerdo conmigo y que es un crítico e historiador de cine con una lucidez un poco sobrenatural, sobre todo después del segundo trago, me dijo por esos días: “Oigo a los Beatles con un cierto miedo, porque siento que me voy a acordar de ellos por todo el resto de mi vida”. Es el único caso que conozco de alguien con bastante clarividencia para darse cuenta de que estaba viviendo el nacimiento de sus nostalgias. Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes, y lo encontraba escribiendo a máquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen.

Como sucede siempre, pensábamos entonces que estábamos muy lejos de ser felices, y ahora pensamos lo contrario. Es la trampa de la nostalgia, que quita de su lugar los momentos amargos y los pinta de otra color, y los vuelve a poner donde ya no duelen. Como en los retratos antiguos, que parecen iluminados por el resplandor ilusorio de la felicidad, y en donde sólo vemos con asombro cómo éramos de jóvenes cuando éramos jóvenes, y no sólo los que estábamos allí, sino también la casa y los árboles del fondo, y hasta las sillas en que estábamos sentados. El Che Guevara, conversando con sus hombres alrededor del fuego en las noches vacías de la guerra, dijo alguna vez que la nostalgia empieza por la comida. Es cierto, pero sólo cuando se tiene hambre. En cambio, siempre empieza por la música. En realidad, nuestro pasado personal se aleja de nosotros desde el momento en que nacemos, pero sólo lo sentimos pasar cuando se acaba un disco.

Esta tarde, pensando todo esto frente a una ventana lúgubre donde cae la nieve, con más de cincuenta años encima y todavía sin saber quién soy, ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero, sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres y los hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.

El símbolo de todo esto –al frente de los Beatles- era John Lennon. Su muerte absurda nos deja un mundo distinto poblado de imágenes hermosas. En Lucy in the sky, una de sus canciones más bellas, queda un caballo de papel periódico con una corbata de espejos. En Eleanor Rigby –con un bajo obstinado de chelos barrocos- queda una muchacha desolada que recoge el arroz, en el atrio de una iglesia donde acaba de celebrarse una boda. “¿De dónde vienen los solitarios?”, se pregunta sin respuesta. Queda también el padre MacKensey escribiendo un sermón que nadie ha de oír, levándose las manos sobre las tumbas, y una muchacha que se quita el rostro antes de entrar a su casa y lo deja en un frasco junto a la puerta para ponérselo otra vez cuando vuelva a salir. Estas criaturas han hecho decir que John Lennon era un surrealista, que es algo que se dice con demasiada facilidad de todo lo que parece raro, como suelen decir de Kafka quienes no lo han sabido leer. Para otros, es el visionario de un mundo mejor. Alguien que nos hizo comprender que los viejos no somos los que tenemos muchos años, sino los que no se subieron a tiempo en el tren de sus hijos

García Márquez contando la increíble trastienda de Cien años de soledad. Una joya.

Lucy In The Sky With Diamonds.

Banquete

Yukio Mishima, exquisito escritor japonés cuya consagración transcurrió tras suicidarse en 1970 mediante el harakiri, describe en su maravillosa novela Después del banquete, la vida de un restaurante propiedad de Kazu, la protagonista de la historia junto al político Noguchi. A través de sus páginas, desfilan los menús preparados para cada noche: miso blanco con champiñones y cuajada de semillas de sésamo (sopa); rodajas finas de calamar en salsa aliñadas con perejil y limón (pescado crudo); zorzales asados en salsa china, bogavante, vieiras, nabos en adobo, cogollos de regaliz (entrada); carpas pequeñas con lubina asadas en sal con limón (pescado asado). Mientras sucede la trama de una pareja que se casa y luego se separa en medio de los banquetes y las elecciones legislativas, Mishima pasea al lector por las delicias de la comida de su país.

El consagrado Haruki Murakami se refiere en su libro De qué hablo cuando hablo de escribir al bar de jazz que tenía antes de convertirse en escritor, mientras que el premio Nobel Kazuo Ishiguro también detalla los días de un bar al que concurre Masuji Ono, el pintor que le da vida al personaje de su novela Un artista del mundo flotante. Nada de esto es casual. La gastronomía es una de las tantas facetas que sobresalen en la milenaria cultura japonesa. Desde hace unos años, además, ha salido al mundo y es uno de los principales productos de exportación y de interés para el boom turístico que vive este país.

A tal punto ha conquistado la gastronomía japonesa al mundo, que en Europa hoy es un furor el konjac, una planta con virtudes medicinales que se cultivó en Japón durante siglos. Cocinado de múltiples formas, se volvió popular por sus bajas calorías.

Jiro Ono tiene 85 años y se hizo famoso gracias al documental Jiro, sueños de sushi. Su local en Ginza, una de las tantas zonas céntricas de Tokio, quizá la más lujosa, está ubicado en una estación de subte y tiene lugar para sólo 10 personas. Ostenta tres estrellas Michelin y para sentarse a comer hay que reservar con varios meses de anticipación y estar dispuesto a pagar unos 350 dólares por cabeza. Más modesto es el señor Kita, a cargo de Umai-ya, uno de los miles de locales de comida callejera que existen en todo Japón. Este está en Osaka y sólo cocina takoyaki, las bolas de pulpo frito. Cinco mesas se aprietan en su local. Un plato con ocho bolas vale 4 dólares. Un manjar.

Kita es uno de los protagonistas de la serie Street Food lanzada por Netflix. Lo busqué a través del Google Maps, indispensable para moverse en Japón. Cuando le pregunté si era él, tras encontrarlo en el comienzo de una de las tantísimas calles techadas que hay en Osaka, me respondió bajando la cabeza y la mirada. Su mujer, más orgullosa, me dijo que sí, que era el mismo. Kita abre su local de 11 a 20 y estima que lo atenderá hasta que cumpla 100 años. La otra faceta de este país: trabajar y trabajar sin parar, hasta al punto de perder la líbido y el cuidado de sus ancianos, y también de caer en la frustración y de registrar una de las tasas de suicidios más altas del mundo.

También en Osaka, adonde estuve una semana ya que allí los Pumas jugaron ante Tonga por la Copa del Mundo, trabaja otro de los cocineros captados por la serie de Netflix. Toyo es todo un show cocinando el atún asado con un soplete que maneja como una espada y que lanza largas llamaradas. Siempre sonriendo, Toyo tiene cada día frente a si una cola de al menos una cuadra para comer un plato a un valor de 8 dólares.

Volviendo a Tokio, otra experiencia gastronómica alucinante es llegar hasta Shinjuku, una especie de Times Square de Nueva York -pero más apabullante desde las multitudes y la tecnología- y meterse en sus delgadas calles en las que apenas entran dos o tres personas de ancho para comer pescado de todos los tipos y de todas las formas en locales mínimos, sin ventilación alguna y con un olor a frito que se pega en la piel. Un plato ronda los 15 dólares. A la noche explota de turistas.

En su libro Sushi, ramen, sake, el escritor y cocinero estadounidense Matt Goulding describe la historia de Sawada, considerado un artesano en la creación del sushi. Se trata de un ex camionero que explica que el gran secreto es el arroz: su temperatura, su textura, su avinagramiento. Sawada no tiene empleados. Todo lo hace él junto a su mujer: comprar el pescado, armar las piezas y limpiar el local cuando cierra. Sólo sirve seis comidas al mediodía y otras tantas a la noche. No aspira a dejar de trabajar, sino a bajar la producción a ocho platos por día.

Goulding dice sobre Sawada en un párrafo que replica el diario El País de España: “Seguramente podría levantarse a las 9 de la mañana, hacer que le lleven el pescado hasta la puerta, utilizar un sistema de refrigeración estándar para congelar sus ingredientes (Sawada tiene uno de refrigeración con hielo), contratar a un joven aprendiz para que limpie la barra después de la cena y aún así seguiría sirviendo uno de los sushis más alucinantes de Tokio. Pero no lo hace. Porque en Japón lo que importa no es el fin, sino el medio”.

La literatura se une a la gastronomía, como el animé al karaoke, y lo milenario a lo último de la tecnología. Japón es toda una experiencia. Recorrerla durante la Copa del Mundo de rugby fue uno de los viajes que más disfruté en mis cobertutras periodísticas. En Tokio, especialmente, todo es lindo. Hay un sentido de la estética muy marcado en todos los detalles. Y en ese andar, la comida es otro viaje. Descalzarse en buena parte de los restaurantes, hacer equilibrio para entrar en el mínimo espacio que hay entre la mesa y la banqueta, ponerse un kimono, pisar el tatami, ver cómo te cocinan al lado tuyo o elegir los platos que circulan como si fuesen las valijas en las cintas de los aeropuertos (uno va acumulando los platitos, cuyo valor lo da el color de cada uno) forma parte de un ritual que le da todavía un sabor más especial.

Además, está la aventura de encontrar un buen lugar para comer en un subsuelo o en un séptimo piso. Hay otro Japón en las alturas y otro, especialmente en Tokio, abajo del suelo, como el caso de Jiro Ono. Porque las estaciones de subte y trenes son tan grandes que a veces se puede tardar media hora buscando una de las salidas que lleve a la calle.

Kazu, que había abandonado y vendido su restaurante para acompañar a su marido en su carrera política, y también en busca de ser sepultada en una tumba aristocrática, cuando se separa vuelve a su gran amor, que es ese lugar donde se cocinan las delicias que tan maravillosamente bien detalla Mishima. Porque Japón es eso: un banquete

Coñac

Los periodistas que viajarán al Mundial de fútbol de Rusia deberían leer antes El Imperio, de Ryszard Kapuscinski. Todo periodista debe leer a Kapuscinski. Todos, en realidad, deberíamos leer a Kapuscinski. Un párrafo de cualquiera de sus libros, de sus notas periodísticas o de sus ensayos, son más saludables que cualquier noticiero o programa de televisión. Kapuscinski, polaco de nacimiento, maestro de la observación y de la escritura, maestro de generaciones enteras de periodistas, escribió en El Imperio, en el capítulo en el que relata sus viajes por los países que emergieron de la ex Unión Soviética, en este caso por Georgia, unas líneas maravillosas sobre el coñac. Las comparto.

…………..

«Vajtang Inashvili me enseña su lugar de trabajo: una gran nave repleta de barriles hasta el techo. Enormes, pesados, dormidos, descansan sobre unos soportes.

En los barriles madura el coñac.

No todo el mundo sabe cómo se hace el coñac. Para conseguirlo, hacen falta cuatro cosas: vino, sol, madera de roble y tiempo. Además, como en todo arte, hace falta gusto. El resto se presenta de la siguiente manera:

En otoño, después de la vendimia, se fermenta la uva. El alcohol obtenido se vierte en barriles. Los barriles tienen que ser de roble. El secreto del coñac se esconde en los nudos de la madera. Mientras crece, el roble acumula sol. El sol penetra y se posa en los nudos, como el ámbar se posa en el fondo del mar. Es un proceso que dura decenas de años. Un árbol joven no daría buen coñac. El roble crece; su tronco empieza a platear. El roble se robustece; su madera cobra fuerza, color y olor. No todo roble dará buen coñac. El mejor lo dan los árboles solitarios que crecen en lugares apartados y en suelo seco. Son los que han acumulado mucho sol. En un roble de estas características hay tanto sol cuanta mil hay en un panal. Los suelos húmedos son ácidos, por lo que el doble contiene demasiado amargor. Lo detectaremos al tomar el primer trago de coñac. El roble que en su juventud haya sido herido por la metralla tampoco dará buen coñac. En el tronco herido los jugos circulan con dificultad, y la madera ya no tiene el mismo sabor.

Después los cuberos hacen los barriles. El cubero tiene que saber su oficio. Si falla el corte, la madera no dará el aroma deseado. Sí dará color, pero no soltará ni pizca de aroma. El roble es un árbol perezoso, y, sin embargo, haciendo coñac, tiene que trabajar. El cubero debe tener el pulso de un constructor de elementos de cuerda. Un buen barril puede durar cien años. Incluso hay que tienen doscientos y más. No todos saldrán bien. Hay barriles sin sabor, y otros que dan un coñac que es oro puro. Sólo pasados unos cuantos años se sabe cómo ha salido el barril.

En estos barriles se vierte el alcohol obtenido de la uva. Quinientos, mil litros, depende. Se colocan en los sportes y allí se dejan. No hay que hacer nada más; sólo esperar. A todo le llegará su tiempo. El alcohol penetra en la madera, y entonces el doble devuelve todo lo que ha acumulado: el sol, el olor y el calor. El árbol exprime sus jugos: trabaja.

Por eso tiene que tener paz.

Como respira, necesita de suaves corrientes de aire. Le gusta el ambiente seco. La humedad estropearía el color: daría un color pesado, sin luz. El vino gusta de la humedad; el coñac, no la soporta. Es mucho más caprichoso. El primer coñac con estrellas son los más jóvenes, de baja calidad. Los mejores son los de marca, sin estrellas. Éstos han madurado durante diez, veinte, hasta cien años. Aunque, a dacir verdad, la edad del coñac es aún mayor. Hay que añadirle la del roble del barril. En la actualidad se trabaja con robles que despuntaron en los tiempos de la Revolución Francesa.

La edad del coñac se reconoce por el sabor. El joven es duro, rápido, como impulsivo. Tiene un sabor áspero, rasposo. En cambio, el viejo entra terso, suave. Sólo más tarde empieza a irradiar. El coñac viejo alberga mucho calor, mucho sol. Sube a la cabeza con lisura, suavemente, sin prisas.

De todos modos hará su trabajo»

Ciencia hay una sola

Algo muy bueno de los últimos tiempos: nos hemos acercado a la ciencia. Ya no la vemos con algo sólo para unos genios, sino que esos genios la han bajado al gran público. Uno de los grandes difusores son los autores del blog El gato y la caja. Y publicaron este muy buen texto sobre las vertientes y atajos a la ciencia política. En realidad, todo tiene que ver con la ciencia y es extraordinario amigarse con ella para entender las distintas realidades

El respeto

– ¿Por qué siendo usted inglés se refiere a las Islas como Malvinas?, le preguntó, sapiente, un alumno de primer año de TEA a Robert Cox, ex director en la Argentina del recientemente cerrado Buenos Aires Herald.

– Por una cuestión de respeto. En la Argentina hablo de Malvinas; en mi país, de las Falkland. En el Herald escribíamos Malvinas/Falkland, porque teníamos lectores argentinos y también ingleses. El respeto es algo esencial en la vida.

A poco de cumplir 84 años (nació el 4 de diciembre de 1933 en Kingston upon Hull), Bob Cox nos daba a todos una lección de algo tan simple y que tanto falta en el periodismo argentino y el más allá: el respeto. El hombre que durante la dictadura se jugó el pellejo dando información sobre los desaparecidos y las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo vino a la escuela de periodismo -una charla de hace varios lunes en el Teatro Astral- para presentar un documental sobre su vida, titulado El Mensajero. Lo acompañó el director del film, otro ser maravilloso, el australiano Jayson McNamara.

Voy a dejar aquí el video de la charla, por lo cual es inútil que yo agregue algo de lo que dijo Cox. Algunos elementos son tan contundentes y siguen siendo tan reales que a veces se me hiela la sangre. Sí voy a contar una intimidad. Cuando le entregué la plaqueta como Maestro del Periodismo y de la Vida, le comenté que yo había trabajado en las agencias NA y DyN, cuyo director, Horacio Tato, había asumido una actitud tan valiente y responsable como la suya. «Gran amigo, Horacio», me contestó emocionado. Le dije que el año pasado habíamos puesto una plaqueta en su honor en la redacción de DyN y que entre todos los que trabajamos con él estábamos armando algo con la idea de hacer un libro. «Lo voy a comprar», me contestó.

Este fin de semana se anunció el cierre de la agencia DyN. Es el décimo medio que cierra en los últimos dos años, lo que equivale a una información cada vez más concentrada, cada vez más peligrosa para la democracia. En DyN me puse los pantalones largos del periodismo. Aprendí, crecí, hice amigos entrañables (Adrián Villegas) y me di el lujo de formar dupla en la misma sección, como en NA, con mi amigo de la vida, Ezequiel Fernández Moores. Formé parte del staff fundador, el 15 de marzo de 1982. En menos de tres meses nos tocó vivir la marcha del 30 de abril que terminó con una tremenda represión y un muerto (José Benedicto Ortiz), una guerra (la de Malvinas), una visita del Papa (Juan Pablo II), un Mundial de fútbol (España 1982) y otra marcha multitudinaria y que también concluyó con tremenda represión y un muerto (Dalmiro Flores). Esa tarde, Ezequiel, Alejandro Lomuto y yo nos salvamos de que nos maten. Los tipos que iban en el mismo Falcón sin patente que mataron a Flores nos habían apuntado unos minutos antes.

Me da mucha tristeza -y bronca también- el cierre de DyN. Pero me quiero quedar con Robert Bob Cox. Y soñar y apostar a que vuelvan a florecer muchos como él

10 del 10

Ayer fue 10 del 10. No podía fallar el 10, entonces. Como no falla nunca, por otra parte, pero anoche fue una de sus tantas grandes noches, quizá la más emblemática con la camiseta celeste y blanca. Cuando hace unos meses saqué entradas para ver a U2 en el Único de la Plata jamás pensé que el recital iba a coincidir en día y hora con el partido que podía dejar a la Argentina dentro o fuera del Mundial de Rusia del año próximo. Tampoco lo pensé cuando un día decidí no ir -vi muchas veces a U2 y no me entusiasmaba ir un martes a la noche hasta La Plata- y puse las entradas en venta a través de Twitter. Eso fue hace como un mes. Iba renovando la oferta cada semana, hasta que el viernes la realidad me doblegó: ¿quién iba a comprar una entrada para algo que ocurría a la par del encuentro más importante del seleccionado en los últimos dos años y uno de los más recargados de la historia? Así que me dije: voy. A la mañana leí que el partido lo iban a dar en el estadio y que U2 postergaba el inicio del concierto una vez concluido los 90 minutos en Quito y la oportunidad me pareció más atractiva aún.

Fui con mi amigo Manuel y pensaba encontrarme allá -cosa que no ocurrió por la multitud de 48 mil personas- con mi amigo Tairon. Era atractiva la oferta, pero también arriesgada. Y si la Argentina quedaba afuera, ¿cómo íbamos a transitar el recital y después la larga vuelta a casa? Terminó siendo una noche gloriosa. Por Messi, especialmente, y también porque la banda irlandesa dio un sólido concierto, fiel a su historia -aunque para mi gusto lejos de la mejor versión de U2- y con ese toque alucinante que significa la imagen transportada a través de una pantalla que lo mete a uno dentro de ella.

La llegada al estadio se complicó en los últimos 5 kilómetros. Dejamos el auto en Los Tilos, que está a no más de 8 cuadras del estadio, pero la organización se ocupó de que el trayecto demandara algo así como media hora, dando una vuelta insólita. Cuando estábamos por llegar, un chico de unos 17 años gritó: «¡Gol de Ecuador!» Lo miramos entre varios con tono amenazante, como si fuese el demonio dándonos la noticia que nunca esperábamos. El chico se vio intimidado y atino a decir: «Quizá no, quizá me equivoqué». Y cuando vio que las miradas estaban más afiladas, se resignó: «Sí, gol de Ecuador». El «nos quedamos afuera» se murmuraba en cada uno de los que, ahora cabeza gacha, enfilábamos los últimos metros hacia el Único. Había semblanza de noche amarga.

Pero ya cerca, se escuchó el estruendo que venía del estadio. Gol. Se había empatado. «Grande, Messi», gritó uno. «Vamos, Messi», gritamos varios. Con Manuel apuramos el paso, ya más aliviados. Y cuando entrábamos, llegó el sablazo de zurda, precioso, letal, de Messi para estampar el 2-1. La gente se abrazaba y gritaba. El estadio tenía 5 pantallas, una de ellas gigante, que ocupaba sólo una mínima parte de la que después iba a usar U2. Cuatro estaban en lo alto, por la cual la enorme mayoría nos pasamos un rato lago de espaldas al escenario, mirando para arriba, como muestra una de las fotos Entre nervios esperamos el segundo tiempo, mirando a la multitud quieta, a la que ya se le había pasado incluso el fervor por Noel Gallagher, la mitad de Oasis, quien en este caso había adelantado su concierto para que no coincidiera con el partido.

Hasta que llegó el tercer gol de Messi. Lo gritamos y nos abrazamos. No puedo creer todavía la quietud de esa pareja que tenía a unos metros, que ni se inmutó cuando el 10 hizo el gol que significaba, ya sí, el pasaje casi asegurado a Rusia. Uno a veces no puede creer que hay personas a las que no les interesa en lo más mínimo un partido de fútbol ni un partido como éste. Muchas veces las envidio, porque a lo largo de mi vida siento que perdí años en decenas de estos partidos de mi club y de la selección; pero en otros momentos no las envidio para nada.

Concluido el partido, hubo un conato de cánticos, pero no pasó ni un minuto que las pantallas se apagaron junto con el relato de Kuffner y los comentarios de JP Varsky, y U2 entró en escena, explosivos, a un costado del escenario mayor y con Bono -era obvio- resaltando a Messi. «Thank you, Messi», dijo el cantante que mantiene su extraordinaria voz y su cada vez más política correcta. Al final, después del segundo bis, se puso la camiseta argentina y el recital terminó con una enorme bandera argentina dibujada en esa magnífica pantalla. Antes, durante algo más de una hora y media (como un partido con suplementario), hubo grandes momentos musicales. Yo me quedé con el bloque de Running To Stand Still, que de fondo, en la pantalla, contó con una orquesta, y Red Hill Mining Town.

Fue una noche única en el Único. Nunca me había tocado vivir un partido en esas circunstancias, en un estadio, esperando un recital. Sí escuché -no vi- un partido en 1975, en el Monumental, mientras River jugaba en Rosario para salir campeón del Nacional. Al final, agradecí no haber vendido la entrada. Y sonreí con fuerza pensando en el periodismo que armó una cacería en estos últimos meses. Ahora, mercenarios de la palabra, podrán viajar a Rusia, cobrar sus viáticos y emprobrecernos desde las pantallas.

La vuelta fue larga y feliz. Llegué a mi casa a las 3 y 10. Ya era 11 del 10 y el 10 que vale por 11 lo había hecho una vez más. One, como canta U2

Playlist del recital en Spotify

Fotos: Sergio Tirone

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